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Poe: El gato negro

El gato negro

El Gato Negro es un cuento en donde la venganza trasciende los límites de lo humano, se escapa de este plano y llega a uno que no es posible identificar puesto que involucra a una fuerza desconocida por nuestro entendimiento.

Las escenas macabras empleadas por Allan Poe para darle forma a su imaginación sobre el papel, se mantienen; la sangrienta pérdida del ojo del gato, que pasa a ser un gato negro tuerto, una imagen que caldea levemente subconscientes sentimientos de horror; el ahorcamiento del torturado, fiel e indefenso animal sin mayor motivo que la influencia del interno demonio de la perversidad humana; la evocación del delito tatuada en la pared donde yacía la cabecera del lecho del asesino, en la calcinada casa, representada por la imagen misma del gato ahorcado; su retorno inocente desde la muerte para cobrar pacientemente lo que se le adeuda; el machete intruso en la cabeza de la esposa por cuenta del afloramiento de otro demonio en el mundano cuerpo del protagonista (y esposo): la ira; la acción profana de negar la sepultura a la recién despachada, condenándola a pudrirse entre las paredes de una vivienda cualquiera; el cadáver emergiendo de los muros ante los despavoridos ojos policiales, entreviendo así, victorioso, el gato negro reposando sobre la inerte testa de quien otrora fuese su ama.

El relato no sólo se centra en la venganza, sino que muestra la metamorfosis humana de la pureza y la nobleza hacia el odio y la perversión cristalizadas en la ulceración mental, al punto que el hombre puede manifestar gozo ante la ausencia del ser odiado, aunque le haya costado la vida a uno noble y fiel; lo importante en este estado de avanzada gangrena del espíritu humano es la felicidad individual por sobre los afectos sociales cercanos. Por algún motivo esto me recuerda las corrientes neo-clásicas de la economía. Afortunadamente hay por ahí uno que otro demoníaco, pero justo, gato negro.

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Poe: Hop-Frog

Hop Frog

El mundo cortesano en el que se desarrollan las monarquías es una fuente riquísima de historias insospechadas, tal vez por los enigmáticos hechos que se abren paso entre los pasillos reales, llenos de secretos bien guardados, o también puede deberse a la fascinación producida por esta fastuosa y ostentosa orgía material, protocolaria y de poder, que bien puede transformarse en envidia y resentimiento.

La historia que nos trae esta ocasión Poe se ubica en el palacio de un rey gustoso por las bromas, a las que dedicaba la mayor parte de su tiempo -pues bien es sabido que no son capaces de levantar un asadón- cuando sus ministros no lo estaban azotando con su pesado sarcasmo. Para ello contaba con un “bobo” muy gracioso al que la corte había denominado Hop-Frog (Rana saltarina) por cuenta de su particular forma de caminar debido a una deformidad corporal. Él, junto con una muchacha, habían sido capturados recién nacidos de alguna población y enviados al rey como presente. ¡Vaya extravagancia!

Un día cualquiera, el rey ordenó que se organizara un baile de máscaras, muy normales dentro de la desocupada vida de los monarcas. Si bien todos sabían qué atuendos utilizar para la ocasión, el rey (y por lambona extensión, sus ministros) no se decidía sobre el asunto. Para ello, como en toda sociedad determinada por el tiempo, se echó mano del especialista: Hop-Frog. Después de humillarlo como es debido para que las relaciones de poder se mantengan y la satisfacción tirana embriague el ambiente, Hop-Frog, repuesto, se le ocurre disfrazar a la corte de su Majestad de orangutanes. ¡Qué decisión más acertada! Sin duda el esfuerzo a realizar sería mínimo, como en efecto lo fue.

Hop-Frog viste a sus aconsejados con una malla sobre la cual vierte alquitrán y pone una capa de fibras de lino. Para hacer más espectacular la entrada en escena encadena a los orangutanes, es decir cortesanos, de forma que la cadena da vuelta en sus cinturas y se desprende perpendicularmente hacia el centro formado por los ocho simios. Todo está listo.

El lugar del baile de enmascarados, consistía en un salón circular en cuyo centro pendía un candelabro de una cadena, removido por orden de Hop-Frog. A su orden, también, la camada de simios entra al salón -a la medianoche- cuando se encuentra atiborrado de gentuza sobresaliente. El temor de la plebe, al ver a estas bestias adentrarse en el recinto, encadenadas, ruidosas, mal olientes y horribles, en mayúsculo y se esparce como tsunami. No podría ser menor el temor a lo desconocido que parece tan innato a la raza humana.

Dadas las características de la plaza, los simios quedan en el centro exacto del salón, gimiendo, saltando y extasiados de placer por el éxito de su fechoría. La cadena desciende, Hop-Frog hábilmente la engancha con la cadena de los ocho y acto seguido son subidos de forma que no pueden tocar el suelo. En medio de las risas y carcajadas abundantes de los invitados, Hop-Frog toma una de las antorchas y sube con agilidad por las cadenas. Acto seguido la cadena es elevada, con sus nueve, pasajeros, hasta la mitad del salón.

Es el momento. Hop-Frog, sosteniendo la antorcha y como si fuera parte del acto planeado, simula querer averiguar quienes son los primates quienes se esconden bajo este pelaje. Acercándose el rostro del rey grita enfurecido que cree saber de quienes se trata y sutilmente acerca la antorcha al alquitrán abundante del cuerpo del tirano. En menos de lo que dura el beso inocente y esquivo de una doncella, los ocho panzones están ardiendo en llamas. Hop-Frog trepa para alejarse de ellas y vocifera una explosión de júbilo proveniente de la justicia convertida en venganza por cuenta de la cólera: “se trata del rey y de sus siete ministros, rey sin escrúpulos que se atreve a golpear a una muchacha indefensa ante la complicidad de sus consejeros. En cuanto a mí, soy Hop-Frog y esta es mi última gracia”

Que momento más perfecto; la tiranía ricachona e inculta, ardiente ante los ojos de quienes las admiran hipócritamente, de quienes le temen por tradición y no por gracia. El oprimido, rebosante de gloria y satisfacción, en lo más alto del público, sentenciando las últimas palabras, solemne y digno. ¿Acaso Poe podría haber presentado mejor desenlace para esta historia de humillación y arrogancia que la del éxito de la subversiva venganza del maltratado por la inmutable tiranía?