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Goyeneche: Érase una vez un quijote sin mancha

Sobre el Quijote se ha escrito mucho, pero no sólo se escribe sobre él, sino que también se escribe a partir de él; es cántaro y fuente a la vez. Goyeneche lo trae aquí a nosotros a través de una satírica y burlesca obra teatral.

Goyeneche: Érase una vez un quijote sin mancha

Viajar es un deseo que se vuelve intenso cuando el lugar donde estamos y las dinámicas que nos envuelven en él nos desbordan. Queremos salir de ahí, sacar nuestro cuerpo de ahí, antes que quien se vaya sea nuestra mente; nos abandone la cordura y nos invada la locura. El protagonista de la historia, un patrón que se autodenominó Don Quijote sin Mancha, no contó con esta suerte: enloqueció primero y quiso viajar después.

¿Su viaje? Cruzar los valles y montañas, ríos y desiertos, para presentarse ante los reyes de estas tierras. Para ello contaba con su fiel escudero Sancho, su peón que le sigue el juego. Al fin de cuentas es su patrón. También contaba con Dulcinea, su amor…amor real del peón, pues es su esposa. Pero en el juego de la demencia de este Quijote, es su amor, debe serlo, de cualquier manera es el patrón

Discuten sobre los detalles; cuáles serán las provisiones, cuáles los medios de transporte, quién la compañía, cuáles las armas. En fin, mucho debate y poca decisión. Todo un Quijote colombiano. Y escribiendo de colombianidades, a lo largo del texto no dejan de rodar sutiles críticas y puyas a la irracional realidad del dichoso país chibcha; sus políticos de circo, sus matones de motosierra, sus ríos de sangre, sus tierras invadidas, sus sueños rotos.

Otros personajes entran y salen de escena, participando de graciosas situaciones creadas por la locura del Quijote, colectivizada por complicidad de sus criados y sorpresa de sus invitados.

En medio de tanto barullo y forcejeo de batallas imaginarias entre este Quijote y los desprevenidos aparecidos en escena, una bala, muy real, acaba con la locura, justo en la humanidad del Quijote, justo como se calla a las que piensan diferente en este país, a los que dicen locuras tan ciertas. Sólo queda el desconcierto, el llanto y el silencio.

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