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Poe: Hop-Frog

Hop Frog

El mundo cortesano en el que se desarrollan las monarquías es una fuente riquísima de historias insospechadas, tal vez por los enigmáticos hechos que se abren paso entre los pasillos reales, llenos de secretos bien guardados, o también puede deberse a la fascinación producida por esta fastuosa y ostentosa orgía material, protocolaria y de poder, que bien puede transformarse en envidia y resentimiento.

La historia que nos trae esta ocasión Poe se ubica en el palacio de un rey gustoso por las bromas, a las que dedicaba la mayor parte de su tiempo -pues bien es sabido que no son capaces de levantar un asadón- cuando sus ministros no lo estaban azotando con su pesado sarcasmo. Para ello contaba con un “bobo” muy gracioso al que la corte había denominado Hop-Frog (Rana saltarina) por cuenta de su particular forma de caminar debido a una deformidad corporal. Él, junto con una muchacha, habían sido capturados recién nacidos de alguna población y enviados al rey como presente. ¡Vaya extravagancia!

Un día cualquiera, el rey ordenó que se organizara un baile de máscaras, muy normales dentro de la desocupada vida de los monarcas. Si bien todos sabían qué atuendos utilizar para la ocasión, el rey (y por lambona extensión, sus ministros) no se decidía sobre el asunto. Para ello, como en toda sociedad determinada por el tiempo, se echó mano del especialista: Hop-Frog. Después de humillarlo como es debido para que las relaciones de poder se mantengan y la satisfacción tirana embriague el ambiente, Hop-Frog, repuesto, se le ocurre disfrazar a la corte de su Majestad de orangutanes. ¡Qué decisión más acertada! Sin duda el esfuerzo a realizar sería mínimo, como en efecto lo fue.

Hop-Frog viste a sus aconsejados con una malla sobre la cual vierte alquitrán y pone una capa de fibras de lino. Para hacer más espectacular la entrada en escena encadena a los orangutanes, es decir cortesanos, de forma que la cadena da vuelta en sus cinturas y se desprende perpendicularmente hacia el centro formado por los ocho simios. Todo está listo.

El lugar del baile de enmascarados, consistía en un salón circular en cuyo centro pendía un candelabro de una cadena, removido por orden de Hop-Frog. A su orden, también, la camada de simios entra al salón -a la medianoche- cuando se encuentra atiborrado de gentuza sobresaliente. El temor de la plebe, al ver a estas bestias adentrarse en el recinto, encadenadas, ruidosas, mal olientes y horribles, en mayúsculo y se esparce como tsunami. No podría ser menor el temor a lo desconocido que parece tan innato a la raza humana.

Dadas las características de la plaza, los simios quedan en el centro exacto del salón, gimiendo, saltando y extasiados de placer por el éxito de su fechoría. La cadena desciende, Hop-Frog hábilmente la engancha con la cadena de los ocho y acto seguido son subidos de forma que no pueden tocar el suelo. En medio de las risas y carcajadas abundantes de los invitados, Hop-Frog toma una de las antorchas y sube con agilidad por las cadenas. Acto seguido la cadena es elevada, con sus nueve, pasajeros, hasta la mitad del salón.

Es el momento. Hop-Frog, sosteniendo la antorcha y como si fuera parte del acto planeado, simula querer averiguar quienes son los primates quienes se esconden bajo este pelaje. Acercándose el rostro del rey grita enfurecido que cree saber de quienes se trata y sutilmente acerca la antorcha al alquitrán abundante del cuerpo del tirano. En menos de lo que dura el beso inocente y esquivo de una doncella, los ocho panzones están ardiendo en llamas. Hop-Frog trepa para alejarse de ellas y vocifera una explosión de júbilo proveniente de la justicia convertida en venganza por cuenta de la cólera: “se trata del rey y de sus siete ministros, rey sin escrúpulos que se atreve a golpear a una muchacha indefensa ante la complicidad de sus consejeros. En cuanto a mí, soy Hop-Frog y esta es mi última gracia”

Que momento más perfecto; la tiranía ricachona e inculta, ardiente ante los ojos de quienes las admiran hipócritamente, de quienes le temen por tradición y no por gracia. El oprimido, rebosante de gloria y satisfacción, en lo más alto del público, sentenciando las últimas palabras, solemne y digno. ¿Acaso Poe podría haber presentado mejor desenlace para esta historia de humillación y arrogancia que la del éxito de la subversiva venganza del maltratado por la inmutable tiranía?

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La ruptura del legado de los ancianos

Por alguna extraña, oscura, siniestra y desconocida razón los jóvenes nos hemos dejado influenciar por un maligno legado de los ancianos: el arte del no hacer nada, de la resignación y el desinterés. Es desalentador cuando nos encontramos con contemporáneos (les recuerdo que soy joven) que reúnen a tomar en una mesa y a hablar de cosas que ya todos saben: la pichera anterior, el estado político del país, lo buena que está la tonta de ingeniería industrial, el capítulo de Los Simpson de don barredora o simplemente, de lo buenos que son los que están sentados en la mesa y de cuanto se aman. Eso es algo clásico en los ancianos, que nada tienen que hacer, que no tienen creatividad y que viven de los recuerdos, pues mirar para delante los asusta; recordarán que allí tienen una cita con La Muerte.

Es desalentador cuando vemos contemporáneos utilizando por tres, cuatro, cinco ¡o más horas al día! redes como Facebook. Pero el problema no es tanto el tiempo que las usan, si no como las usan: para ver fotos sin sentido (ni artístico, ni de fondo), para comunicarse lo que ya todos saben (que Yursleidy, con solo 16 años, ¡ya está embarazada!…..pues obvio, si lo daba por un vaso de agua, eso todos lo sabían), para ver cuales amig@s de mis amig@s están buen@s, etc, etc. Eso es propio de los ancianos, que no tienen nada que hacer más que conversar con otros, para escapar de su soledad; al menos ellos lo hacen personalmente, mis contemporáneos en cambio ponen un mediador (computador) que impida olerle el mal aliento al otro. El poder de estas redes sociales es directamente proporcional al desperdicio al que se ve sometida por la mediocre juventud colombiana.

Podría seguir detallando ejemplos, como el sexo con putas (que es para ancianos que tienen la delicadeza moral de no violar a nadie, es decir, para todo tipo de ancianos con excepción de algunos miembros de la curia), el dormir en las instalaciones de la universidad (solo los ancianos duermen de día en lugares ajenos a su casa), etc. Pero la idea es hacer algo constructivo, un texto en alguna medida crítico, no un texto para emos. Es por eso que los invito a escudriñar en nosotros mismos (jóvenes) y recordar qué carajo somos en realidad, qué nos diferencia, qué nos hace únicos, qué es lo que hace que esta edad luego la recordemos con brutal nostalgia. Yo hice el ejercicio y me encontré con algo que tal vez también encuentren ustedes: el hambre de conocimiento, y por ende, de variedad, y por ende, de revolución. Son estos aspectos los que me (¿nos?) definen como joven; quiero aprender más, pues soy un ignorante y vine aquí no solo para conocer este mundo, sino además para transformarlo; quiero la variedad, no porque en ella esté el placer, sino porque en ella está el conocimiento, que al fin de cuentas es placer; quiero la revolución, porque el conocimiento me permite apreciar lo podrida que está esta sociedad, porque el conocimiento se genera a través del cambio, porque no puedo quedarme quieto.

No contemplo a un anciano queriendo saber más y más, no contemplo un anciano que busque la variedad (eso es muy arriesgado), ni tampoco contemplo un anciano buscando una revolución que extinga su vida. Claro que hay ancianos que si lo hacen, pues aun tienen un espíritu joven. Pero lo que si puedo contemplar es una juventud que en vez de sentarse en una mesa a emborracharse (que no es malo emborracharse, lo malo es como) tome su sixpack y se dirija a conocer la mayor cantidad de bares que pueda en una noche. Contemplo una juventud, que en vez de enviar fotos estúpidas a Facebook, divulgue con sus contactos la compra de votos de los politiqueros que el día de mañana los dejará sin educación, el desalojo injustificado de una familia humilde (si, injustificado, porque por falta de dinero no se puede dejar a una familia sin techo……esta sociedad no puede seguir rigiéndose por la lógica comercial; el centro de esta sociedad debe dejar de ser el papel moneda y pasar a ser el ser humano). Contemplo una juventud que no tenga simple sexo para satisfacer sus necesidades animales, sino que más bien haga el amor para satisfacer sus necesidades humanas, acto que lo diferencie de su instinto (pocas veces útil). Contemplo también una juventud que en vez de dormir en los claustros universitarios, emplee sus esfuerzos en la investigación, en el encare de su universidad con su sociedad.

Debemos romper el legado de los ancianos, pues es solo para ancianos. Debemos escribir nuestro legado, para los jóvenes que nos sucederán, pues los que nos antecedieron nunca claudicaron.