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Una epifanía americana: Hugo Chávez

Foto Hugo Chávez

Nunca pensé, como seguramente varios de ustedes, que en el tiempo que me ha tocado vivir compartiera el suelo que piso con una romántica figura en ejercicio mediático de todo su potencial político y social, como ha sido gratamente el caso de Hugo Rafael Chávez Frías. Si bien en este tiempo aun recorren la tierra personajes como Fidel Castro, su despliegue revolucionario se llevó a cabo hace más de 50 años, es decir, ahora mismo no despierta grandes pasiones en la cotidianidad, sino que regocija con grandes nostalgias, recuerdos de su lucha contra la dictadura de Batista y por el establecimiento de la hoy democrática Cuba. Hubo por supuesto muchos otros que ya no pronuncian nuevas palabras, pues sus bocas se encuentran enterradas (o desaparecidas), pero su testamento ha quedado grabado en miles de libros e imágenes: Ernesto Guevara, Camilo Torres Restrepo, Jorge Eliécer Gaitán, Emiliano Zapata, por nombrar sólo algunos de este continente. Pero ha sido Hugo Chávez el único regente a quien mi generación ha visto enfrentarse con prominente oratoria y a grito entero, en vivo y en directo, a las élites mundiales, el que, a quienes vivimos en este tiempo, nos ha deleitado con la incertidumbre del qué dirá ahora para llevar un paso más allá su revolución, la Revolución Bolivariana.

El día de hoy el mundo ya no cuenta con su presencia física. Ha muerto uno de los más grandes líderes que haya parido el continente americano y el mundo.

Hugo Chávez fue un caudillo latinoamericano. Esto es tan bueno como malo. El caudillismo ha sido mandado a recoger desde hace mucho tiempo, los agravios que tal figura yergue hacia el mantenimiento de la democracia no son insignificantes, pues éste régimen de gobierno se basa en la voluntad de las mayorías, no en la de un gobernador. Sin embargo, el caudillismo, puesto en marcha por hombres o mujeres socialistas, es decir, democráticos[1], genera una base para el establecimiento del gobierno del pueblo.

El poder de convergencia de Hugo se hizo admirable desde las primeras elecciones presidenciales en que quedó electo. Su liderazgo empezó a guiar a Venezuela hacia un cambio profundo en todas sus políticas: la creación de misiones que atendieran inmediatamente a la población más pobre no sólo le dio dignidad al pueblo venezolano, antes olvidado y acallado, sino que le hicieron ganar adeptos entre la mayoría de la población venezolana (e internacional). Acceso a salud gratuitamente para quienes no hubieran podido pagar intervenciones quirúrjicas con el sueldo de toda su vida laboral; la educación gratuita y fortalecida le permitió a los miles de analfabetas conocer el mundo de la ciencia y la literatura y le permitió a los jóvenes soñar con tener no sólo un pregrado, sino además un posgrado que los realizara como profesionales y actores de la revolución en marcha; alimentos baratos para aquellos que antes comían una vez al día, ahora podían disfrutar de sus tres golpes diarios. La pobreza reducida en un 50% durante la última década[2], la reducción del analfabetismo y el incremento de la soberanía tecnológica y petrolera son apenas la punta del iceberg en cuanto a logros de las políticas[3] chavistas aplicadas en la República Bolivariana de Venezuela.

Este liderazgo no habría sido posible de no ser porque él supo regar la base del árbol: el pueblo. Sin la marea roja del Partido Socialista Unido de Venezuela (PSUV) no habría sido posible configurar la revolución Bolivariana y mucho menos se podría pensar en que, tras el deceso de Hugo, tal revolución tuviera capacidad de mantenerse. La revolución está hecha, las bases de Venezuela son otras, son ahora democráticas y lo que queda es seguir el camino de este nuevo país, que avanza aun con sus dificultades (¿quien dijo que hacer un país prácticamente desde cero, que esto es lo que se conoce como revolución, es una tarea de un decenio?).

Sin embargo, su liderazgo no se quedó en su país, si tal fuera el caso habría traicionado al Bolívar que tanto amaba, sino que su liderazgo se expandió a toda América y en su cortejo fúnebre personalidades de todo el mundo lo demuestran[4]. Fue él quien impulsó la UNASUR, el ALBA y la CELAC, organizaciones que asombrosamente integraron a los países latinoamericanos, algo prácticamente impensable hace diez o quince años. Fue el primero en reconocer el Estado palestino ante su respectiva propuesta en la ONU como Estado soberano por parte de sus autoridades. Aquí es donde queda la más grande de las contribuciones de Hugo Chávez al mundo y en particular a la región latinoamericana; Chávez se enfrentó al imperialismo (no sólo gringo, sino también español y de cualquier otra denominación) cuyos intereses en América Latina habían mantenido la división entre los países de la región en aras de evitar una eventual unión, la conformación de un bloque que hiciera frente a los abusos del Capital norteño. Fue esto lo que logró Hugo en la tierra de Bolívar, Artigas, San Martín, O’Higgins y tantos otros: unió a las naciones, revitalizó las relaciones económicas, políticas, sociales y militares en el continente, sacando así del oscurantismo colonialista en el que estaban sumergidos a los pueblos de Nuestra América. Ahora, después de todo este caudaloso trasegar, los americanos tenemos la capacidad de tomar nuestras propias decisiones, así sean equivocadas, pero son nuestras, es nuestra responsabilidad, somos dueños de nuestro futuro, futuro que ya no está en manos de El Pentágono o del Congreso de los Estados Unidos o del Rey de España. Es allí donde se reconoce la grandeza de Hugo Chávez: una epifanía americana. Hubo un continente antes de su llegada a Miraflores, pero tras su muerte queda otro que ya nunca será igual de retrogrado al anterior. Nuestras rodillas ya no están más hincadas y el sol ahora acaricia nuestra altiva frente.

Foto féretro Hugo Chávez Foto Marea Roja Foto Marea Roja Foto Marea Roja

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La ruptura del legado de los ancianos

Por alguna extraña, oscura, siniestra y desconocida razón los jóvenes nos hemos dejado influenciar por un maligno legado de los ancianos: el arte del no hacer nada, de la resignación y el desinterés. Es desalentador cuando nos encontramos con contemporáneos (les recuerdo que soy joven) que reúnen a tomar en una mesa y a hablar de cosas que ya todos saben: la pichera anterior, el estado político del país, lo buena que está la tonta de ingeniería industrial, el capítulo de Los Simpson de don barredora o simplemente, de lo buenos que son los que están sentados en la mesa y de cuanto se aman. Eso es algo clásico en los ancianos, que nada tienen que hacer, que no tienen creatividad y que viven de los recuerdos, pues mirar para delante los asusta; recordarán que allí tienen una cita con La Muerte.

Es desalentador cuando vemos contemporáneos utilizando por tres, cuatro, cinco ¡o más horas al día! redes como Facebook. Pero el problema no es tanto el tiempo que las usan, si no como las usan: para ver fotos sin sentido (ni artístico, ni de fondo), para comunicarse lo que ya todos saben (que Yursleidy, con solo 16 años, ¡ya está embarazada!…..pues obvio, si lo daba por un vaso de agua, eso todos lo sabían), para ver cuales amig@s de mis amig@s están buen@s, etc, etc. Eso es propio de los ancianos, que no tienen nada que hacer más que conversar con otros, para escapar de su soledad; al menos ellos lo hacen personalmente, mis contemporáneos en cambio ponen un mediador (computador) que impida olerle el mal aliento al otro. El poder de estas redes sociales es directamente proporcional al desperdicio al que se ve sometida por la mediocre juventud colombiana.

Podría seguir detallando ejemplos, como el sexo con putas (que es para ancianos que tienen la delicadeza moral de no violar a nadie, es decir, para todo tipo de ancianos con excepción de algunos miembros de la curia), el dormir en las instalaciones de la universidad (solo los ancianos duermen de día en lugares ajenos a su casa), etc. Pero la idea es hacer algo constructivo, un texto en alguna medida crítico, no un texto para emos. Es por eso que los invito a escudriñar en nosotros mismos (jóvenes) y recordar qué carajo somos en realidad, qué nos diferencia, qué nos hace únicos, qué es lo que hace que esta edad luego la recordemos con brutal nostalgia. Yo hice el ejercicio y me encontré con algo que tal vez también encuentren ustedes: el hambre de conocimiento, y por ende, de variedad, y por ende, de revolución. Son estos aspectos los que me (¿nos?) definen como joven; quiero aprender más, pues soy un ignorante y vine aquí no solo para conocer este mundo, sino además para transformarlo; quiero la variedad, no porque en ella esté el placer, sino porque en ella está el conocimiento, que al fin de cuentas es placer; quiero la revolución, porque el conocimiento me permite apreciar lo podrida que está esta sociedad, porque el conocimiento se genera a través del cambio, porque no puedo quedarme quieto.

No contemplo a un anciano queriendo saber más y más, no contemplo un anciano que busque la variedad (eso es muy arriesgado), ni tampoco contemplo un anciano buscando una revolución que extinga su vida. Claro que hay ancianos que si lo hacen, pues aun tienen un espíritu joven. Pero lo que si puedo contemplar es una juventud que en vez de sentarse en una mesa a emborracharse (que no es malo emborracharse, lo malo es como) tome su sixpack y se dirija a conocer la mayor cantidad de bares que pueda en una noche. Contemplo una juventud, que en vez de enviar fotos estúpidas a Facebook, divulgue con sus contactos la compra de votos de los politiqueros que el día de mañana los dejará sin educación, el desalojo injustificado de una familia humilde (si, injustificado, porque por falta de dinero no se puede dejar a una familia sin techo……esta sociedad no puede seguir rigiéndose por la lógica comercial; el centro de esta sociedad debe dejar de ser el papel moneda y pasar a ser el ser humano). Contemplo una juventud que no tenga simple sexo para satisfacer sus necesidades animales, sino que más bien haga el amor para satisfacer sus necesidades humanas, acto que lo diferencie de su instinto (pocas veces útil). Contemplo también una juventud que en vez de dormir en los claustros universitarios, emplee sus esfuerzos en la investigación, en el encare de su universidad con su sociedad.

Debemos romper el legado de los ancianos, pues es solo para ancianos. Debemos escribir nuestro legado, para los jóvenes que nos sucederán, pues los que nos antecedieron nunca claudicaron.