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Regularización de la protesta violenta

La indignación no es poca ante los horrores establecidos en la conmocionada aldea global heredada a nosotros por nuestras propias angustias, miedos, conspiraciones y defectos. Hambrunas regionales y étnicas, masas manipuladas a través de los mass media quemando constantemente la llama de sus pasiones, Estados corruptos que precarizan los derechos fundamentales (salud, educación, trabajo) de sus ciudadanos por cuenta del lucro, prebendas o sumisión ante el capital extranjero, corporaciones avaras, partidos políticos pragmatizados, represión hecha regla por sobre la sensatez, madurez y beneficios del diálogo y, en fin, una larga lista de vejámenes sociales; de los hombres para los hombres.

Debido a las pasiones involucradas, todo esto no sólo parece justificar la violencia como forma de resistencia, sino que parece impulsar a ello ineludiblemente con la fuerza de la esperanza.

Si bien todos los movimientos sociales y las organizaciones sociales han podido utilizar eventual o continuadamente la violencia como forma de oposición ante la “violencia legal” impartida por los Estados, ninguno parece haberse montado en ella tantas veces como el movimiento estudiantil (y, por supuesto, fuera de concurso, el movimiento campesino a través de las guerrillas).

Los estudiantes han defendido sus consignas al calor del tambor, el grito, el arte, el baile y la academia, pero también las han salvaguardado con piedras, palos, explosivos y capuchas cuando la maquinaria de represión estatal es lanzada sobre sus sueños, que son los sueños de todo el proletariado. Esta reacción no sólo es justa, sino necesaria, pues su ausencia puede significar silencio, pérdida del terreno político ganado.

Sin embargo, surge un problema ahora mismo enquistado en el movimiento estudiantil; cuando este medio deja de ser una reacción y se transforma en una acción. Es común ver en la actualidad como facciones bien definidas del movimiento estudiantil realizan intencionadamente pertinente preparativos para iniciar combates campales contra elementos policivos. Y aun más grave, estas prácticas son cada vez más recurrentes, al punto que la sociedad ya se encuentra saturada, curtida por estos hechos conllevando a que la protesta violenta legítimamente surgida de la resistencia haya perdido su impacto; ante los ojos de la base constituyente del Estado -el pueblo- es sólo un tropel más.

Esto le hace un daño enorme al movimiento estudiantil, pues lo desacredita. ¿Cuál debe ser entonces el curso de acción a tomar? Recordando a Manuel Castells sabemos que hay dos caminos para lograr la utopía socialista: por la vía democrática, la cual es lenta pero sólida; o la vía violenta, que es rápida pero puede ser débil (según las medidas que se tomen post-revolución). El movimiento estudiantil no puede renunciar a la primer vía como medio de cambio de la sociedad para subirse al bus de la segunda. Esto contradice su naturaleza académica; no puede uno pasarse una carrera entera leyendo a Castoriadis para terminar eligiendo la alternativa de repartir plomo al Estado burgués. Es este segundo sustento más propio del movimiento campesino cuya marginación académica a la que han sido sometidos por el Leviatán les reduce su rango de opciones para combatirlo.

Puede que en la lucha por el poder el proletariado tenga una retaguardia armada, representada en las guerrillas, que actúe cuando todas las otras vías de acción se hayan agotado. Pero la elección de la violencia como acción no es más que una retaguardia; la vanguardia en cambio está representada por los estudiantes y los trabajadores y actúan mediante elementos de participación democrática que fragmenten lentamente, pero con letalidad, las estructuras del capital. En este plano, para la vanguardia revolucionaria, la violencia se convierte en una reacción de resistencia.

El movimiento estudiantil debe eliminar de entre sus filas toda acción violenta injusta y caprichosamente causada por una malversación en la compresión de la unión de todas las formas de lucha. ¡Y que vivan los estudiantes!

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Herramientas incomunicativas

Cuando se trata de trabajar en un equipo de personas que tienen la posibilidad de compartir el mismo espacio, algo sencillamente práctico es poder comunicarse con ellos directamente, sin intermediarios. Esto permite conocer a los otros miembros del equipo, entablar una comunicación ágil y sincera y solucionar los problemas en equipo. Esto funciona así más o menos bien para organizaciones pequeñas, en las cuales los miembros se conocen debido a que las relaciones a establecer son pocas. Es como un pueblo pequeño donde todos se conocen con todos, los chismes vuelan y las solidaridades son efectivas.

Este tipo de organización, comunicada por el término de la distancia, mantiene relaciones humanas progresistas y genera niveles de gobernabilidad debido a la alta cantidad de información veraz suministrada a los directivos por la interacción entre todos los participantes del todo orgánico, incluyendo a los mismos directivos. La comunicación es exitosa y los esfuerzos gerenciales se centran en la producción y no tanto en la manutención del sistema.

Sin embargo, existe una tendencia moderna dirigida a la utilización de tecnología per se, sin que la organización se piense primero como sujeto tecnológico autónomo y único. Es decir, los grupos sociales adquieren tecnología para sí por el simple hecho de que esta existe y ofrece un servicio, sin primero reflexionar sobre la utilidad real de dicha herramienta para el grupo. Esto conlleva a que la agrupación termine inventando necesidades que no tiene con el único fin de disfrutar de las mieles de la tecnología. Así, una persona compra un smartphone y termina convirtiéndose en un As del correo electrónico y las redes sociales, algo que no necesitaba ser antes y que sin duda ahora le quita tiempo para ser lo que realmente debe ser.

Pero enfocando esta realidad en el tema planteado al inicio del texto -la comunicación- se pueden ver situaciones en las que estas herramientas tecnológicas, principalmente las de la información y la comunicación, resquebrajan las relaciones entre los miembros de la organización, relaciones que permiten la comunicación. El tiro le sale por la culata a los implementadores de estas tecnologías. Un caso concreto (y recurrente): Se tiene una empresa pequeña, pero localizada en varios países o ciudades, en la cual sus miembros se comunican directamente de forma personal. Las directivas imponen una medida mediante la cual exigen que la comunicación entre sus empleados (solicitud de información y/o servicios internos) se establezca a través de una herramienta tecnológica para tal fin, que además servirá a las directivas para medir el nivel de producción de sus empleados, pues se encuentran en otro país o ciudad y no tienen control (en forma probatoria) del trabajo desarrollado por sus subalternos. Poco a poco las relaciones de comunicación existentes desaparecen y las solicitudes de información no sólo se hacen más engorrosas, sino que tienen una respuesta mucho más lenta. El sistema pasa de ser una agrupación armoniosamente anárquica a ser una agrupación sosamente burocratizada, en una acción que podríamos denominar reaccionaria, fascismo corporativo que busca el control centralizado de todos los componentes del sistema, pues nace de la desconfianza hacia el otro y se ve directamente permeada por la irracionalidad e inmadurez tecnológica de la cual es inconsciente su ejecutor por cuenta del mismo hecho mencionado anteriormente: un abandono completo de la dimensión filosófica de la organización.

Para impedir esto, sin ánimo de querer ser pretencioso en saber exactamente como solucionar el problema, se deben tener como pilares de las decisiones gerenciales dos elementos: 1. las relaciones humanas deben mantenerse personales, sin intermediarios (tecnológicos) que las tergiversen, exceptuando situaciones particulares temporales y 2. la organización es un ser pensante que debe enmarcarse en los ámbitos de la auto-eco-organización, por lo tanto toda decisión de importación de recursos para sí debe basarse en una situación de necesidad y poder y no de capricho o intromisión directa del medio al interior de sus fronteras orgánicas. Siguiendo estas dos líneas, las medidas directivas serán mucho más sensatas y acunadas en la realidad.