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Fonseca: El seminarista

Si es usted una persona solitaria, crítica, descomplicada, sigilosa, austera y rockera, se sentirá identificado con el protagonista de esta historia. Si no es su caso, no importa, la historia no deja de ser atractiva porque el personaje principal no tenga sus mismos gustos o forma de vida. Fonseca nos trae en estas tintas el relato de un seminarista venido a sicario. Pero no de esos sicarios dibujados en la literatura que narra el diario vivir de Medellín, en Colombia; más bien de un sicario tipo Leone Montana, que confía en su razón e intelecto para llevar a cabo un trabajo pulcro, en lugar de enconmendarse a la Virgen del Carmen.

Fonseca, El seminarista

El relato transita entre los pensamientos críticos de El Especialista, como se le conoce al protagonista, y la impecable ejecución de sus trabajos, encomendados por una única persona, quien juega el rol de mediador: El Despachante. Asesinato va, asesinato viene, hasta que un buen día El Especialista decide retirarse. ¿Retirarse? ¿En el negocio de matar? —matar, un negocio más, qué otra especie ruin lo pudiera imaginar así si no el Homo Sapiens. Para poder dejar a un lado el mundo del cual ya se encuentra cansado, necesita matar. Es preciso. La víctima no es otra que El Despachante, quien se supone es la única persona que conoce de su existencia y, por lo tanto, la única que se resistía a su partida hacia las mieles de la jubilación.

Como muchos problemas de la vida, el inicio está en el amor; en el goce de su tranquila vida, El Especialista, ahora Zé, conoce una bella mujer en la que empieza a descargar su pasión, sólo para descubrir tiempo después que ella lo estaba vigilando. Sin duda la mejor manera de vigilar a alguien es estar todo el tiempo con esa persona. Peor aun, pronto descubre que su adorado amor es la hija de su antiguo jefe, El Despachante. El objetivo de este cuadro familiar: mantener a salvo a Zé, pues sobre él se tiende la sombra de la muerte por motivo de cuentas pendientes. Es una desgracia que algún desconocido quiera asesinarte por culpa de una acción pasada, ya caduca, en la que no tenías idea que este desconocido tomaba parte. Las acciones del ser humano son como la mariposa del caos de Prigogine, que aletea en San Francisco y crea un tifón en Japón, y sólo le queda a cada quien hacerle frente al tifón.

A partir de ese momento Fonseca muestra una historia llena de intriga; viejos amigos que aparecen de nuevo, desde la época del seminario, hombres de gran poder e influencia pública, pero con arraigados negocios en el narcotráfico y el crimen, sicarios de conocida reputación -otrora competencia laboral de El Especialista- policías honestos —sí, leyó bien, honestos— todos conociéndose los unos con los otros, poseedores cada uno de información que configura alguna de las piezas del rompecabezas: ¿Quién quiere matar a Zé por cuenta de un disco que él no tiene y que nunca tuvo, pero que hubiera podido tener? No queda otra salida: Zé debe tomar de nuevo su Glock y salir al ruedo, a buscar salvar su cabeza (y la de su rubia amada) a costa de la cabeza de otros.

Sangre vuelve a correr, porque la información no sólo cuesta dinero, a veces también cuesta sangre. Cada vez que Zé cree que consigue avanzar algo, un nuevo hecho demuestra la falsedad de los ya conocidos. De nuevo, un giro a la historia, nuevas personas por visitar, nueva información por obtener. Muere El Despachante. Cada vez están más cerca de Zé y del amor de su vida, que angustiada mantiene escondida en el refugio que los dos han construido como hogar, donde la pasión de los cuerpos desnudos y las lágrimas de las preocupaciones se entrelazan en una indescifrable cotidianidad, cargada de adrenalina e incógnitas.

La verdad cuesta, algunas veces cuesta mucho. A Zé, le costó la vida de Kirsten, su hermosa delgada rubia de ojos azules y amor entregado. Muerta la ha de encontrar, sobre el sofá, cubierta de sangre, tras volver a casa; ella, desde Alemania, él desde la jungla urbana. Sólo una persona sabía que ella volvería desde su país natal. Una penúltima visita quedaría por hacer. Tras interrogar a la persona que esparaba le dijera todo lo que necesitaba saber, Ziff, Zé va a encontrarse con D.S., su viejo amigo del seminario. Lo despierta, le demuestra, serenamente, toda la mierda que ha fraguado y que mantenía oculta a Zé, incluyendo el famoso disco y la orden de muerte de Kirsten. Primero, corta su lengua. La sangre le inunda el torso. Luego, le quita la vista. Ya desmayado, Zé propina un tiro certero en la sien derecha, luego otro en la izquierda —pudo ser al revés— un nuevo tiro en el pecho y finalmente corta las carótidas. Luego quema el cuerpo y todo el departamento.

Suena el teléfono. Preguntan por El Seminarista. Zé asiente. “Seminarista, tengo un servicio para usted.”. Una vez más, como en el principio, como si la historia nunca se hubiera escrito.

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Fuentes: Diana, la cazadora solitaria

Este es el relato de la incidencia de una mujer desconocida, Diana, en la vida de Carlos Fuentes en un corto periodo de tiempo. ¿Insignificante? tal vez, pero dio mérito a una novela. Y es así puesto que Fuentes necesita dar a entender su incapacidad de amar, contar su dulce tragedia entre las sábanas y las letras.

Fuentes: Diana, la cazadora solitaria

Diana entra en la vida de Fuentes de forma inesperada, como entra cualquier persona que termina marcando cicatrices en nuestra historia. La empatía se va trenzando entre palabra y palabra, en medio del licor y la crítica intelectual, polo opuesto de la literatura narco y popular, de putas, armas y huevonadas, siempre tan atractiva y fascinante como innecesaria. ¿Acaso importa tener una relación marital para entregarse a los brazos y piernas de otra? para Fuentes, no, ¿y para quien sí? Hipócritas. Fue así que se vieron enredados Diana y Carlos, en una nebulosa de sentimientos que se empezaba a expandir, pero que sin duda nunca alcanzó el amor.

En el olvidado desierto del norte de México encuentran ambos el escape perfecto a sus ocultas acciones; un lugar alejado de toda distracción para las letras de Fuentes, lugar del desarrollo del trabajo de Diana en la película que protagonizaba, lugar candente para el vertimiento de las pasiones bajo las negras noches…y las claras mañanas o los sofocantes medios días, no importa la hora, sólo importa el cuerpo desnudo del otro; el espejismo del deseo en medio del desierto haciendo creer que existe un amor que en realidad se difumina. Se diluye lo que se creía ganado, aquello que forjó el eslabón perdido empieza a hacerse ajeno; la cotidianidad da lugar al reiterativo encuentro con la decisión ya tomada y muestra que lo que fue, deja de ser por culpa de haber tomado aquella decisión. Estar juntos hace que Carlos deje de representar para Diana el hombre rebelde y distinto que vio por vez primera, pues ya no le es extraño, ya le conoce todo, ya no aparece y desaparece, sino que está ahí, constantemente, tallando en piedra la relación tácita que presupuestaron eterna.

Es todo esto lo que lleva a Diana a buscar un nuevo rebelde en su vida, a llenar ese espacio que Carlos fue dejando lentamente, sin darse cuenta, pues ¿quién es consciente que hace un segundo estábamos 30km atrás en la órbita de la tierra? Las cosas pasan y el tiempo no da lugar nuestra reacción. Por ello las noches encuentran a Diana con un Pantera Negra que la sumerge de nuevo en aquel mundo de conocimientos e historias desconocidas para ella, a las tres de la madrugada, vía telefónica y en voz baja.

Tras múltiples insinuaciones de la autoridad policial de Santiago, insinuaciones dirigidas hacia la vida de Diana y una posible persecución de parte del FBI, Fuentes decide ir a México a tratar de averiguar cualquier información al respecto con amigos suyos. Al volver, la Diana que encuentra no es la que dejó, o tal vez sí, tal vez era la misma Diana, pero esta vez sin el velo que la ocultaba. Ahora, otro ha tomado el lugar de Fuentes, otro Carlos; Ortiz, un joven de actitud revolucionaria, desaliñado, rudo, sucio, no por revolucionario, sino al revés; revolucionario por su marginalidad. Fue eso mismo lo que amarró a Diana, esa nueva cara de la luna que la impulsaba a caer en la miseria y le daba una oportunidad de luchar por sí misma para levantarse de nuevo, epifanía que tanto necesitaba esta actriz de tercera traicionada por su propio ser. Nada para hacer Fuentes, el muchacho de la plaza te robó el corazón de tu Diana, a ti el culto hombre de las letras. No supiste amar, nunca amaste. Desolé.


Sagan: Buenos días, tristeza

Buenos días tristeza

Las diferencias en el modo de vida y costumbres existentes entre las clases sociales han sido históricamente objeto de análisis de parte de varias disciplinas y actores, bien sea para alabarlas, denunciarlas o ridiculizarlas. De entre ellas, es la clase burguesa la que más sonadas apaleadas ha recibido en la literatura, a la cual lo único que se le puede destacar es su gusto por la cultura y las artes, en ocasiones despótico, pero siempre meritorio. De cualquier manera, esto no borra los vejámenes que le han ocasionado a las clases lustradas.

Pero volviendo a las críticas literarias a las clases sociales, es sobresaliente la forma en que Francois Sagan, burguesa francesa de la segunda mitad del siglo XX, ha mostrado las incipientes y melifluas tripas de la burguesía de su época (su propia clase) a través de su novela “Buenos días, tristeza”. En esta historia, que constituye la primer novela de la francófona, se describe un periodo de la vida de una familia de dos personas (padre e hija) y sus amigos. Desde aquí mismo se rompe con la clase proletaria de su tiempo, caracterizada por tener familias numerosas, en las que marido y mujer mantenían su unión marital hasta la muerte, creyendo ciegamente en los votos matrimoniales elevados bajo juramento de palabra ante su dios.

La historia se desenvuelve en un lapso de tiempo vacacional, en playas francesas cuyo nombre no tiene importancia. El padre, un hombre maduro, casanova, despreocupado de la vida, cuya razón se fija únicamente en la estrategia para mantener, culminar y/o renovar su situación amorosa. Nada sustancial, pero feliz. La hija, narradora de la historia, una adolescente casi ajena a la vida académica, sin objetivos claros en su andar, igualmente vacía e igualmente feliz al lado de su padre. Ambos son íntimos amigos, confidentes y comparten un amor grandioso el uno por el otro. Los acompaña una mujer aun joven, prospecto de amor para el respetado acomodado de la historia. Una mujer naturalmente seductora, sonriente, despreocupada, para nada refinada, se podría decir que su intelecto raya con la estupidez, pero su experiencia no la deja bajar hasta ente nivel. Son estas representaciones del perfil burgués de los 60’s, precisos para la historia que se viene encima, hoja tras hoja.

A esta fiesta de la nada etérea, que ya se desarrolla en las costas galas entre tragos, sonrisas y música, se une la plasta intelectual de la Francia de mitad de siglo pasado, interpretada por Ana, una mujer de aspecto sobrio, exuberante, refinada, callada, indiferente e inteligente. Se desata entonces una lucha entre la despreocupación burguesa y el elitismo intelectual, vinculadas por un sentimiento transversal: el amor. Ana gana la atención y el deseo de Raimundo, haciendo que Elsa, la otra “dama” del relato, se vea indignada ante tal desplante y se retire temporalmente. Nuestra narradora, encolerizada, indignada por el desplante de su padre hacia Elsa, enamorada de un recién conocido amor de verano (porque el amor en la burguesía también dura lo que un producto; hasta que ya no se necesite o se ensucie o dañe) y agotada de la superioridad y diferenciada actitud de Ana -que sobresale por su serenidad, reserva, cálculo y razón- inicia una ofensiva debidamente planeada y traicionera contra Ana que permita alejarla de su vida y la de su padre de forma que toda aquella felicidad infundada por la ignorancia vuelva a unirlos como siempre había sido.

Variadas ocasiones la adolescente mente se arrepiente de sus planes al probar la humanidad de Ana, pero otras veces, llena de ira por sus roces, profundiza más el compromiso con la culminación exitosa de su cometido, empresa que a esta altura involucra una relación amorosa fingida entre Cyril y Elsa. Esta preocupación y modo de actuar no podría ser menos burgués, representante del capitalismo abanderado por esta clase social: un ciclo de crisis continuas, cada vez más profundas y que conllevan a un final fatal; Raimundo, todo un casanova, cae en la trampa tendida por su hija: los celos y el orgullo masculino se apropian de sus huesos, impulsándolo a encontrarse con Elsa para demostrar que aun puede competir contra un hombre más joven que él y salir victorioso entre las sábanas. Infortunadamente, en el momento más feliz de nuestra pequeña mente malévola (pronto acabarían las vacaciones, su padre habría satisfecho su deseo burgués de poder fútil, Cyril la esperaría en París para hacerle el amor nuevamente hasta el éxtasis, Elsa estaría feliz de saber que Raimundo la deseaba y una Ana engañada organizaría sus vidas y les daría algún sentido), los ojos de Ana atrapan en medio del bosque la imagen de un beso inesperado entre su amor actual y la ordinaria, pero ahora más bella que nunca, Elsa. No le queda más que huir; toma su vehículo, ante el desesperado intento de la calculadora niña creadora de la escena por lograr su perdón, los ojos llenos de lágrimas, acelerador a fondo y pierde su silueta en el horizonte. horas más tarde, una llamada notifica que la única esperanza de que la vacía vida de esta acomodada y reducida familia cambiara para algo mejor había perdido el control de su vehículo en la curva más peligrosa de la carretera y con ello, la vida misma.

La burguesía, por cuenta de su orgullo, manipulación, avaricia y mediocridad, aplasta nuevamente la idea de un mejor estado social.