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Latas de sardinas articuladas y a 80 km/h

En el problema de hacinamiento del transporte masivo en Bogotá, tanto administradores como usuarios tienen que ver con su aparente perenidad: los primeros por no tener la capacidad de encontrar e implementar soluciones a la problemática de la movilidad en la ciudad y en particular a la de un transporte público digno, mientras que los segundos por no exigir un sistema de transporte decente y en cambio sí utilizando el que deplorablemente se le ofrece en la actualidad.

Partamos del hecho de que Transmilenio es una construcción capitalista de un sistema de transporte. Mientras sus propietarios sigan obteniendo ganancias, poco o nada prestarán atención a las demandas de sus usuarios; su gallina de los huevos de oro se mantiene productiva con una alta eficiencia, aunque la equidad se pierda en el camino. Pasando al otro lado, el que queda más abajo, es este el único sistema de transporte de “alta” velocidad con el que cuentan los bogotanos. Esto propicia el uso definitivamente masivo de esta infraestructura, al punto que desborda su capacidad de pasajeros, al menos en condiciones cómodas de viaje; la intimidad es tal dentro de los buses que en medio del calor se pierden los celulares, los densos olores se confunden y algunos enfermos mentales creen que están viajando con sus muñecas inflables personales y no escatiman en su horrendo despliegue libidinal.

CC Pedro Felipe

Pareciera que el sistema ha alcanzado un estado de equilibrio del cual no se va a mover: los usuarios quieren mejores condiciones para transportarse, pero ante sus obligaciones diarias tienen que seguir enlatados dentro de los buses actuales. Entre tanto, Transmilenio debe ofrecer un mejor servicio, pero sus altos rendimientos no lo motivan (y menos lo hacían durante las administraciones de izquierda de la ciudad, tan contrarias a sus deseos de acumulación). ¿Qué hacer entonces?

La respuesta no la tengo yo, ni la tenía el pedante exalcalde de la ciudad, ni el hoy impostor que ocupa Liévano y mucho menos la tienen los avarientos empresarios del transporte. Pero lo que sí sabemos es que la respuesta puede encontrarse tras una deliberación pública en torno a éste, que es un medio público. Suena obvio, pero hoy en día no se acostumbra a pensar con el sentido común, sino con el sentido privado (de algunos cuantos “arizmendis”). Esta deliberación pública tiene como actores a las pobres sardinas de las sardineras, a los que despachan las sardineras y a los que ponen recursos públicos para que los dueños de las sardineras puedan comprar latas de atún en mercados internacionales, entre otras cosas. Por supuesto, entre estos actores el protagonista es la población usuaria del sistema, el mediador es el gobierno y los extras (prescindibles) son los operadores públicos de transporte.

El sentido común nos indica que el camino a seguir es quitarle la operación de los buses a los operadores privados, pues el transporte en la ciudad es para movilizar a todos y cada uno de sus habitantes, por lo tanto es este un asunto público y como tal debería ser atendido con recursos y gestión públicos. Pero bueno, desde que se impuso la moda del neoliberalismo, el sentido común no es santo de la devoción de estas sociedades bananeras, así que el solo hecho de entablar un debate abierto entre los actores sociales ya nombrados será un gran y primer logro en el camino a la solución de este problema capitalino. Gustavo Petro lo intentó (desde la existencia de los buses rojos ha sido el primer y único alcalde en promover el diálogo entre todos los implicados), pero el sector privado decidió por decreto que el alcalde no tenía razón, que es algo así como decir que la democracia no tiene cabida en el Estado. Ahora queda en manos del protagonista decidir el curso de la historia.

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