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Cortázar: La otra orilla

Perder la cabeza es la premisa a seguir para leer los relatos contenidos en este texto de Julio Cortázar. Si se tienen los pies puestos en la tierra no será posible disfrutar cada una de las líneas destiladas por la pluma de este escritor sobre estas hojas. Es necesario tener la mente abierta para saborear toda la fantasía que propone Julio Cortázar en su libro La Otra Orilla y transitar estre sus distintos relatos e inesperados giros narrativos.

Cortázar, La otra orilla

El autor nos expone tres tipos de relatos: cotidianos, oscuros y astronómicos. Todos ellos con un factor común: azarosos desenlaces con giros narrativos inesperados. Esto hace magnífica la lectura, ya que no es posible para el lector anticipar el dictamen final de ninguno de los 13 escritos.

Vampiros, alucinaciones, peleas, brujería, desamor, llamadas telefónicas del más allá, concerjes de estrellas, desdoblamientos, son algunos de los ingredientes de las letras en las páginas de La Otra Orilla; casi todas, historias que no tendrían cabida en nuestro sentido común, contadas a través de una exquisita y envolvente jerga castellana, conjugando de esta forma un punto de encuentro entre el lector y sus subconscientes deseos de aquella fantasía que es ajena a este mundo, pero que parece tan real a través de la palabra. Sin duda, un punto de escape a la saturación mental abonada por la cotidianidad y su actuar constante para moldear nuestros modelos mentales. Aquí, en las páginas de estos cuentos, hay un leve alivio, una fisura, a esta presión diaria. Esto hace tan agradable y envolvente la lectura de este libro.


Inconsciencia en masa: criando cuervos

Inconsistencia en masa: criando cuervos

Uno de los problemas sociales que más aquejan a la paranoica sociedad moderna es la (in)seguridad. Surgen quejas en un gran número de sociedades complejas sobre casos de robos, atracos, secuestros y raponeos, con un porcentaje de ellos conllevando también la muerte. La vox populi se ve advocada al clamamiento de fuerza policial en todos los rincones de sus calles y moradas. Esto es como mandar matar el hijo feo.

El desinterés social por la calidad en la educación, tanto a nivel escolar como familiar y comunitario, no es un saco roto; tiene consecuencias. Cada vez que a la sociedad se le olvida inculcar en uno de sus futuros ciudadanos (y actores sociales) el valor del trabajo, está abriendo la puerta a una serie de robos a futuro; si una persona no entiende la importancia del trabajo y su valor, no será capaz de identificar que al robar no está generando un producto de utilidad social, no está produciendo una ganancia en el bienestar común, no está rompiendo las barreras sociales impuestas por aquellos que sí producen, en gran masa, a su favor. Con el hurto sólo está empleando su fuerza de trabajo (porque trepar un muro, o correr para no ser alcanzado o planear un secuentro requiere de trabajo) en traspasar un bien de una persona a otra, sin valor agregado alguno.

Cada vez que a la sociedad se le olvida inculcar en uno de sus futuros ciudadanos el valor del otro, está abriendo la puerta a una serie de muertes en el futuro; si una persona no entiende la importancia del otro que habita con él en el mismo espacio, puede cegar la vida de ese otro sólo por obtener su (devaluado) celular o para evitar, por celos, que esa persona esté con otra. Con esta devaluación de la vida está no sólo inyectando depresión social –en la familia que enluta, en la sociedad que preocupa– sino que además erradica la fuerza laboral de una persona honesta que con su trabajo posiblemente contribuía a la evolución del escenario social.

Sin embargo, la vox populi le teme a estos hijos que ha creado por virar su atención al entretenimiento en la televisión, en el internet, entre la falda de la(s) vecina(s) o en el pelo del pecho del vencino. Les teme tanto y los quiere tan poco que prefiere, antes que darles la educación que finalmente no fueron capaces de darle a su debido tiempo, enviarles la fuerza armada necesaria para borrar de la conciencia colectiva la culpa de la involución y traer con ello de nuevo el regocijo de las hipocresías y la paz en los hogares, allí en la sala, frente al individualizador aparato luminiso. La sociedad no es capaz de identificar que el precio de la tranquilidad en su encierro individual llamado hogar, es el conflictivo deterioro colectivo en aquel exterior común, llamado calle.

* Quiero realizar una observación: si bien el título del artículo hace alusión al proverbio “cria cuervos y te sacarán los ojos”, éste es empleado aquí únicamente como referencia a este imaginario social y no como calificativo peyorativo directo, pues en realidad estas aves son muy sociales e inteligentes.