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Fotografía: entre el arte y el mercado

Ya hace aproximadamente un siglo que una facción amplia de la fotografía se ha inclinado hacia la impresión artística de la luz, más que la mera retratación de un momento. La utilización de técnicas basadas en aquellas empleadas en la pintura, la movilidad de los dispositivos fotográficos que permitían crear nuevas perspectivas de la realidad desde la subjetividad del fotógrafo o fotógrafa y, en la actualidad, la postproducción mediante edición digital, han dejado más que claro la variada gama artística de la fotografía.

Es en el aspecto de la subjetividad en el que se deben soportar los argumentos para decir que la fotografía es un arte y no sólo un conjunto de técnicas. El hecho de que el autor de una fotografía realice una captura desde un ángulo/posición en la que se aprecia un degradado de un rayo de luz descendente entre altos árboles que además se deforma por cuenta del lente ojo de pez empotrado en la cámara convierten a la fotografía en una pieza única y permeada de una subjetividad evidente, que mezclada con una composición visual expresada como forma para desvelar o construir algún tipo de belleza, hace que la captura sea una obra de arte. No es lo mismo tomar tal fotografía a capturar en una imagen el aforo en una conferencia universitaria de Richard Stallman o los heridos de un ataque terrorista israelí contra una comunidad palestina, ya que estas dos últimas son fotografías que suelen tomarse con el dispositivo fotográfico en modo automático, es decir, la única elección real del fotógrafo en la escena es la de obturar; su subjetividad se ausenta y la programación y características físicas de la cámara se hacen presentes y con ello la posibilidad de arte se esfuma y se obtiene más bien un trabajo periodístico.

Pero este no es el único caso en el que el arte se divorcia de la cámara, ni mucho menos el que aquí interesa. Más atención demanda el sacrificio del arte (y por lo tanto el sacrificio de la subjetividad y la creatividad) por cuenta de la malversación hacia las tendencias del mercado de la imagen. ¿Cómo se materializa dicha malversación? Es recurrente ver en concursos fotográficos galerías de imágenes con los mismos conceptos de composición, luz y color que se encuentran a la moda; tonalidades que dan una impresión de antiguedad sobre la toma, modelos u objetos enmarcadas en posiciones rutinarias y en tonalidades monocromáticas de luz especular, personas u objetos saturados en colores vistozos de luz difusa, ciudades nocturnas paridas en una exposición tan larga como un atraco en las calles de la ciudad que plasman, flores e insectos que ven invadida su intimidad por cuenta del cercano lente de un ávido artista copión. Todas estas son tendencias fotográficas a las que se adieren fotógrafos y fotógrafas, como si se tratara de un mercado de la imagen, para poder gustar a un jurado (de élite y que anda al tanto del “estado del arte”, es decir, del producto/imagen que más se vende en el momento) y alcanzar el podio de la competencia. ¡Imagínese usted a Rembrandt participando en un concurso de retratos de mujeres narizonas o a Chopin tomando parte de una competencia del piano más rápido y luego, ambos, tras haber ganado, decir que el resultado es arte!

Allí es donde la subjetividad se queda tomando cerveza en el bar y el fotógrafo termina fijándose en lo que los demás desean plasmar, termina prestándole más atención al exterior que a lo que él quiere mostrar, esos sentimientos suyos que buscan impregnar su obra, sea una pintura, una canción, una escultura o una fotografía. El resultado es un producto que se termina vendiendo al mejor patrocinador.

Naturalmente no se puede negar que el fotógrafo artista (diferente del fotógrafo cronista, del fotógrafo periodista, del fotógrafo paparazzi o del fotógrafo de la dirección de inteligencia de la policía nacional) le puede poner, rebeldemente, su estilo particular a la captura que realiza, pero se arriesga a salirse de los parámetros establecidos y por lo tanto, a perder toda posibilidad de ganarse el jugoso premio.

En la fotografía se debe saber distinguir muy bien el momento en el que se hace una obra de arte y el momento en el que se genera un producto mercantil; en el primero se deja el corazón y el ojo en la toma que se hace, mientras que en el segundo se sigue la tendencia (en tanto técnicas y contenidos) como cuando se produce ropa color azul rey. Claro está que toda nueva tendencia nace de alguna obra de arte (innovación), así como nació el cubismo o el impresionismo, pero aun así se sigue diferenciando al artista del resto: este sigue innovando en medio de la tendencia, pues los seres humanos son cambiantes, dinámicos y como tal sus sentimientos y su razón mutan y lanzan al mundo nuevas expresiones, labor imposible por los que simplemente siguen la tendencia, pues siguen encerrados en ella en tanto que se le han entregado de mente completa, se han vuelto objetivos.