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Tchékhov: Tramposos por obligación

Este relato se separa levemente de otras historias contadas por Tchékhov en el sentido en que es enriquecido con un contenido jocoso. Si bien mantiene la intensidad en la forma de relatar los hechos, una característica que permite mantener secuestrada la atención del lector(a) y que todo buen lector agradece, el escritor condimenta la historia con una serie de actos divertidos y lo remata con uno tan inesperado como justiciero y gracioso.

Esta historia, apropiada para las fiestas de fin de año —justamente en las que es escrita esta reseña— cuenta sobre la cena de una familia y la tragedia de sus asistentes: desean que el reloj marque ya la medianoche para poder degustar de la comida que se cuece en la cocina, pero el tiempo pasa lento. Ante esto, varios de los afectados por el golpe de hambre, y en forma aislada, adelantan a cuenta-gotas el minutero del reloj de la casa para aproximar poco a poco la tan esperada hora. Diádetchkin pregunta constantemente en la cocina si no es posible poner algo de comida en la mesa, para los invitados, pero sólo recibe negativas de parte de Malánia; los invitados deben esperar.

Cuando el cometido de los saboteadores cronológicos está cumplido —el reloj marca las doce— Diádetchkin avisa a Malánia que ya es año nuevo, que puede servir la comida, a lo cual Malacha corre hacia afuera a verificar la hora, siendo cierto que es medianoche. Sin embargo, la comida no está aun lista, por lo tanto ella, en un acto de justicia casi divina, pero en todo caso ciega, decide atrasar el minutero y hacerlos esperar un poco más.

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Tchékhov: La novia

Hoy, como ayer, las mujeres siguen encontrando obstáculos para alcanzar sus sueños en medio de su independencia y auto-determinación, máxime si estos desbordan las plazas que han sido diseñadas por la cultura machista para que sean ocupadas por ellas: esposas, sirvientas, acompañantes, prostitutas, cuidanderas, madres. Para ellas, hacerse a cualquier lugar fuera de este marco es una odisea: estudiar, gobernar, emprender, rebelarse, todo ello «es de hombres». Tchékhov retrata esta realidad en esta historia, que aunque ahora es menos crítica que en aquel entonces, aun persiste.

Aquí, la novia, es una joven que está próxima a contraer nupcias con un hombre de una familia respetada. Ella, vive con su madre y su abuela paterna, tienen bienes suficientes para su sustento, pero el matrimonio les garantiza su futuro, ya que cada vez los tiempos son más difíciles. Sin embargo, ella tiene una inconformidad en su corazón; siente que no es este el lugar que quiere ocupar, que su destino es otro diferente a ser una esposa y seguir los pasos vacíos de su madre: esposa por siempre con sueños frustrados. Así lo deja entrever cuando su futuro esposo la lleva a conocer los aposentos donde estarán juntos después de su noche de bodas; ella se siente incómoda y abandona el lujoso lugar. No soporta más las noches de visita —todos los días— del novio a su casa, la cena y el licor, las charlas monótonas, la misma música siempre. Su novio le parece una buena persona, pero ya está agotada del designio infortunadamente perenne que se esboza retumbante todos y cada uno de sus días de vida prematrimonial.

Sasha, un querido primo suyo, un hombre con más mundo que cualquiera de los otros miembros de la familia, identifica esta lamentación en Nádia, y llevó hacia la razón esa inconformidad que habitaba su corazón; la motivó a estudiar, insistió en que abandonara todo y se fuera a la ciudad a educarse y conocer todo lo que el mundo tenía para ella. Como bien sabemos, este trabajo de irrupción en la voluntad de una persona no es sencillo, pues es necesario enfrentarse a descomunales fuerzas: la presión social, la tradición, la familia, la resistencia al cambio, el temor, los estereotipos. Por ello se debe persistir, y Sasha, testarudamente, persistió: aprovechando el respeto que Nádia sentía por él, llenó de cucarachas la cabeza de su prima y la convenció de hacerse a su propio destino, la convenció de ser feliz. Nádia dio el paso y no se equivocó. ¿Cómo podría haber sido un paso errado si estaba siguiendo su pasión?


Tchékhov: La dama del perrito

Los escritos de Tchékhov suelen tener una gran intensidad emocional que mantienen a los y las lectoras atrapadas entre sus letras, navegando entre la intriga, el amor, el odio, la filosofía. La dama del perrito es un relato más enmarcado en esta grata costumbre del escritor ruso.

En este cuento una mujer casada y un hombre en la misma condición se ven envueltos en una relación clandestina, atípica y apasionada. Esperan que dure mientras frecuentan la misma ciudad y que luego quede en el pasado. Sin embargo, la compenetración llega a tal nivel que el deseo de verse supera este acuerdo. Es este su placer y esta misma su condena: amarse, pero en secreto, huyendo, en la sombra.

Es supremamente cautivador el modo en que Tchékhov logra transmitir los sentimientos de impotencia del amor no realizado a plenitud, al tiempo que enfrenta en una balanza a la moralidad y al amor, a la resignación —de estar presos en un matrimonio, si bien cordial, insatisfactorio— y a la felicidad —de revivir el fuego pasional en el cuerpo de otro, en su voz y en sus modos— en naturales diálogos y escenas. Momentos íntimos del protagonista con sigo mismo y momentos de intimidad entre él y su incipiente amada descubren la dificultad de mantener la relación que sostienen, pero del mismo modo el deseo, furtivamente concertado, de seguir surcando el camino que ya han trazado desprevenidamente.


Tchékhov: La corista

En un relato cuyo espíritu se asemeja al compartido por Tchékhov en «La tonta» (1883), La corista trae al público lector una historia en la que «el malo» se transforma en «bueno» de una forma estoica y desprevenida para quien se sumerge en su lectura.

La corista, una mujer cantante, es amante del sujeto que la conectaba con la otra protagonista: la esposa del susodicho. Ambas sostienen una intensa conversación en casa de la corista, a al cual llega la esposa legítima, preguntando por su esposo. El diálogo es envolvedor por su algidez; es una discusión en la que primero hay una lucha entre la interpelación y la negación, luego un acuerdo entre la lástima y la aceptación y finalmente una subyugación del menosprecio a la rapacidad. La esposa, quien primero posa de víctima de la corista, quien está descomponiendo su hogar, pasa a ser la victimaria, usurpando todas las pertenencias de valor de la corista a cambio de redención de parte de esta última. El marido, escondido en un cuarto contiguo, reconoce en su mujer —una vez culminada esta escena— a una persona digna, insulta a la cantante y se marcha afanosamente. Mal día para la protagonista.


Tchékhov: La cartera

El ser humano es multifacético y tiene tanta bondad como maldad en su actuar; ofrece condena pero a la vez esperanza. Este cuento es una magistral mezcla entre estas contradicciones humanas y sus posibles consecuencias.

Un grupo de amigos, actores, mediocres todos, se encuentran en su camino una gran cantidad de dinero abandonada. Esto los pone en dos encrucijadas: en primer lugar, ¿cómo repartir el dinero? y en segundo ¿cómo gastarlo? Los dos actores más viejos de la compañía (de tres) piden al joven que vaya y consiga comida en la aldea con parte (despreciable) del dinero, mientras ellos esperan. Le prometen amistad eterna y lo embadurnan de elogios y consentimientos. Todo es grandioso en la vida mientras se está en condición. Al separarse, cada uno empieza a lucubrar múltiples salidas a las dos preguntas planteadas arriba, desde sus deseos y sueños, desde sus ambiciones. ¿Qué otra cosa nos mantiene en movimiento?

Así, el joven actor planea quedarse con toda la fortuna para construir un gran teatro, ante lo cual decide envenenar el vodka para asesinar a sus dos acompañantes. Por el otro lado, los dos actores más veteranos identifican en el más joven un potencial despilfarro del dinero que le será entregado encarnada en su corta edad. Al arribar este de nuevo, con las provisiones, es recibido una vez más con halagos y cariño, pero al menor descuido es asesinado. Pero la justicia no se guarda nada; cuando sus victimarios deslizaron su voluntad hacia la saciedad de sus barrigas, bebieron del mortal vodka previamente envenenado. Lo tres quedaron helados, movidos por sus ambiciones y sentenciados por su avaricia. Sin el pan y sin el queso.