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Salazar: No nacimos pa’ semilla

El sicariato, y todo el contexto que lo envuelve, llamó poderosamente la atención de los habitantes del tercer mundo desde las décadas de los 80’s y 90’s. En Colombia este fenómeno fue especial en la medida que un hombre, venido de abajo, delincuente, humilde, logra convertirse en la persona más poderosa (y peligrosa) del país. Esto contribuyó a que el sicariato se expandiera sin control: muchos querían ser como Pablo Escobar y muchos «escobares» necesitaban de muchachos que se ensuciaran las manos, al tiempo que incrementaban sus ganancias en el mundo del narcotráfico.

Salazar: No nacimos pa' semilla

Toda la dinámica que este fenómeno desencadenó es sumamente compleja de desenredar y, aun más, de explicar. Alonso Salazar opta, no por explicar teóricamente lo que ocurre en este azaroso entorno, sino que ofrece una mirada de primera mano a través de los relatos y testimonios de quienes hacen de la «muerte al menudeo» su diario vivir.

Así las cosas, Salazar expone de primera voz la versión del responsable de apretar el gatillo: el sicario. En su lenguaje natural, descalzurriado, vulgar, propio, narra su vida en el delito, que para él es la única posible y por lo tanto legítima; esquematiza las jerarquías en las pandillas, los territorios del barrio, la corrupción policial, la disciplina sicarial —el honor de la palabra, la seriedad en el «trabajo»—, las emociones vividas antes y después del «traqueteo», pues al fin de cuentas no dejan de ser seres humanos.

Todo el relato puede parecer escalofriante para el lector; con el corazón en la mano se pasa del odio a la aceptación y viceversa. Es un estrecho y bullicioso callejón desconocido para muchos, que genera repulsión y desasosiego, pero válido y común para quienes no conocen otro.

No muy diferentes son las palabras de las madres de los ejecutores. Siempre tratan de sacarlos del camino que les tocó elegir, pero es una pelea perdida. Sólo les queda defenderlos de la muerte y de la cárcel, casi siempre merecida, pero ¿qué más pueden hacer, si son sus hijos, carne de su carne? Por esta misma posición, que quizá solo una madre puede tomar, es que para ellos lo más valioso es su vieja; es por ello que le rezan a La Virgen María y no al Padre, para que los «cruces» les salgan bien. Ellos no conocen de padre verdadero, pero la madre lo es todo.

Todo este escenario se vio acompañado de actos de autodefensa por parte de los habitantes de los barrios azotados por el crimen. algunos con instrucción militar del EPL y el M-19 en sus campañas de organización popular. Pero la corrupción también extendió su brazo sobre estos nacientes grupos y el problema empeoró, formado así un círculo vicioso: nacen bandas delincuenciales, se crean grupos para erradicarlas, esto degenera en nuevas bandas delicuenciales, nuevos grupos de autodefensa, etc.

Una cuarta voz de esta descabellada crónica es la del mediador: aquel que contrata los sicarios. Cuenta cuan sencillo es conseguir muchachos para los trabajos —algunos incluso gratis— la buena cantidad de dinero que se hace trabajando para el narcotráfico, la corrupción de la clase política, la innumerable fila de muertos que ha visto desfilar en Medellín, tanto de arriba como de abajo, de los unos y de los otros. Su conclusión: en este país cada quien se gana la vida como puede.

Por otro lado, la vida en la prisión (Bellavista) no difiere mucho de la vida en la calle: bandas organizadas, delitos por encargo, relaciones de poder. Aquí, la cárcel, no es más que un escalón en el camino del crimen, intenso, sin ley.

Sin embargo, no todo es la ley de la pistola y el perico. Un sacerdote de uno de los barrios olvidados de Medellín ofrece su testimonio de vida en su comunidad. Enfatiza en la importancia de aconsejar a los jóvenes para que lleven una vida alejada del delito: con uno solo que logre convencer, es un alma arrancada de las manos del mal; su trabajo cumplido como párroco. En esta guerra sin cuartel, cualquier ayuda no está de más.

Salazar concluye el libro con una serie de reflexiones emanadas de las crónicas capturadas a lo largo del libro. Recuerda como el accionar del sicariato, impulsado por la locomotora financiera del narcotráfico y las maquinarias políticas, acabó con sueños como el de José Antequera y Carlos Pizarro, entre tantos otros y otras, cambiando para siempre la historia del país. Analiza la coincidencia geográfica entre zonas pobres y los territorios ocupados por la delincuencia, la corrupción de los órganos estatales. Hace, también, un retrato de la cultura paisa a partir de sus frases, historia y convivencia, para luego volver sobre el sicariato y concentrarse en su cultura particular. Finalmente, esboza un posible futuro partiendo de este desolado presente; inversión social y cambios profundos en la institucionalidad colombiana.

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Latas de sardinas articuladas y a 80 km/h

En el problema de hacinamiento del transporte masivo en Bogotá, tanto administradores como usuarios tienen que ver con su aparente perenidad: los primeros por no tener la capacidad de encontrar e implementar soluciones a la problemática de la movilidad en la ciudad y en particular a la de un transporte público digno, mientras que los segundos por no exigir un sistema de transporte decente y en cambio sí utilizando el que deplorablemente se le ofrece en la actualidad.

Partamos del hecho de que Transmilenio es una construcción capitalista de un sistema de transporte. Mientras sus propietarios sigan obteniendo ganancias, poco o nada prestarán atención a las demandas de sus usuarios; su gallina de los huevos de oro se mantiene productiva con una alta eficiencia, aunque la equidad se pierda en el camino. Pasando al otro lado, el que queda más abajo, es este el único sistema de transporte de “alta” velocidad con el que cuentan los bogotanos. Esto propicia el uso definitivamente masivo de esta infraestructura, al punto que desborda su capacidad de pasajeros, al menos en condiciones cómodas de viaje; la intimidad es tal dentro de los buses que en medio del calor se pierden los celulares, los densos olores se confunden y algunos enfermos mentales creen que están viajando con sus muñecas inflables personales y no escatiman en su horrendo despliegue libidinal.

CC Pedro Felipe

Pareciera que el sistema ha alcanzado un estado de equilibrio del cual no se va a mover: los usuarios quieren mejores condiciones para transportarse, pero ante sus obligaciones diarias tienen que seguir enlatados dentro de los buses actuales. Entre tanto, Transmilenio debe ofrecer un mejor servicio, pero sus altos rendimientos no lo motivan (y menos lo hacían durante las administraciones de izquierda de la ciudad, tan contrarias a sus deseos de acumulación). ¿Qué hacer entonces?

La respuesta no la tengo yo, ni la tenía el pedante exalcalde de la ciudad, ni el hoy impostor que ocupa Liévano y mucho menos la tienen los avarientos empresarios del transporte. Pero lo que sí sabemos es que la respuesta puede encontrarse tras una deliberación pública en torno a éste, que es un medio público. Suena obvio, pero hoy en día no se acostumbra a pensar con el sentido común, sino con el sentido privado (de algunos cuantos “arizmendis”). Esta deliberación pública tiene como actores a las pobres sardinas de las sardineras, a los que despachan las sardineras y a los que ponen recursos públicos para que los dueños de las sardineras puedan comprar latas de atún en mercados internacionales, entre otras cosas. Por supuesto, entre estos actores el protagonista es la población usuaria del sistema, el mediador es el gobierno y los extras (prescindibles) son los operadores públicos de transporte.

El sentido común nos indica que el camino a seguir es quitarle la operación de los buses a los operadores privados, pues el transporte en la ciudad es para movilizar a todos y cada uno de sus habitantes, por lo tanto es este un asunto público y como tal debería ser atendido con recursos y gestión públicos. Pero bueno, desde que se impuso la moda del neoliberalismo, el sentido común no es santo de la devoción de estas sociedades bananeras, así que el solo hecho de entablar un debate abierto entre los actores sociales ya nombrados será un gran y primer logro en el camino a la solución de este problema capitalino. Gustavo Petro lo intentó (desde la existencia de los buses rojos ha sido el primer y único alcalde en promover el diálogo entre todos los implicados), pero el sector privado decidió por decreto que el alcalde no tenía razón, que es algo así como decir que la democracia no tiene cabida en el Estado. Ahora queda en manos del protagonista decidir el curso de la historia.


Matrimonio igualitario: la incurable curia

El martes 18 de junio el clero católico salió con una joya en boca de monseñor Rubén Salazar Gómez: que los notarios de la República deben ejercer su derecho a la objeción de conciencia cuando de establecer jurídicamente una unión homosexual se trate.

El problema no radica en su oposición al matrimonio entre parejas del mismo sexo, pues se debe reconocer que los principios de las tesis católicas van en contra de esta posibilidad; no se le puede pedir peras al manzano. El problema radica más bien en la hipocresía que pulula de los hocicos podridos de sus representantes jerárquicos; según Rubén Salazar los notarios “están en todo su derecho de oponerse a actuar cuando consideren que con su acción están legitimando un acto contrario a su conciencia y a la constitución.”

¿Cómo es posible que este pronunciamiento no se repita cuando de mandar jóvenes a la guerra se trata? ¿Acaso, para la iglesia católica, es más importante oponerse al amor (de una pareja homosexual) que contrariar a la muerte? ¿No es justo que un joven se resista a ceder su vida ante los intereses de la oligarquía, pero sí es justo evitar que dos personas cristalicen el noble sueño de sus vidas por vía jurídica? ¿Debe ocuparnos la oposición al matrimonio igualitario sólo porque no tiene fundamento explícito en la Constitución pero en cambio debemos olvidarnos del derecho a la vida -que sí está impreso en la Carta Magna- el cual es arrebatado cuando se uniforma al soldado y se le ordena, en el más fangoso cinismo, matar o morir?

Matrimonio igualitario: la incurable curia
© COLPRENSA

No crea el lector que este es el único punto de quiebre de los “hombres de negro”, se les abona a la deuda también el no haberse opuesto al nacional-socialismo alemán, a la opresión colonial a los nativos americanos y africanos, a las dictaduras latinoamericanas y un largo etcétera que enriquece su prontuario. Parece que la conciencia de la iglesia católica mira para un solo lado: el de la conveniente condescendencia con la inmortalización recíproca del poder.

Cerramos este corto artículo con palabras del mismo Rubén Salazar, que pone sobre la mesa la hampona carta de presentación de este clérigo: “¿Qué es lo que se les está negando (a las parejas homosexuales)? Pues algo que no les compete, algo a lo que no tienen derecho, no es injusticia, se reconoce una realidad”.


Festivaleando Metal

En torno a Rock al Parque, el festival de rock al aire libre más grande de suramérica, se siente año tras año un sentimiento decepcionante, pero la decepción de la que hablo no se refiere a su organización en sí, la cual ha sido tildada desde diferentes sectores de ser una rosca, pues no soy cercano al comité organizador, no los conozco y por ello no puedo emitir juicios al respecto. La decepción que aquí se menciona es más bien la suscitada por al pobreza contextual de la escena metalera que asiste a este magno evento (debo aclarar que hablo únicamente de la escena metalera puesto que es la que conozco de primera mano).

Festivaleando Metal
© Mysantropia, 2013

Es completamente desfasado, salido de toda intención, ir a un festival como Rock al Parque esperando que a él sean invitadas bandas de talla mundial de inicio a fin del evento. Aquí es necesario aclarar algo, para aquellos que aun están confundidos: Rock al Parque es un festival de exposición de las corrientes contemporáneas del rock capitalino, en primera medida, y nacional, en una segunda instancia; esta fiesta de sonidos pesados es una vitrina en la que se puede estar al tanto del estado del arte del rock colombiano, reconocer la evolución de los acordes, melodías y líricas de las bandas que mantienen viva la música rebelde en este alienado país. RaP no es, léase bien, no es un festival para darle pasarela a los mayores exponentes del rock mundial, RaP no es el Wacken colombiano.

Tomar la perspectiva de ver las bandas nacionales que participan en RaP como un relleno y concentrarse en asistir al espectáculo de cierre, en el cual quienes llevan la batuta son las bandas extranjeras invitadas, es lo que hace que el festival abra con poco público, que el desinterés por las bandas aun desconocidas se refuerce, que el metal tenga cada vez meno s espacios al figurar menos, al ser subestimado, que los mismos de siempre estén siempre, pues son lo únicos que la gente quiere que estén porque son los que conocen. Esa posición no es más que un pajazo mental.

¿Qué habría sido de The Who, Jimmy Hendrix, Ten Years After, Santana, dos de ellos perfectos desconocidos, si no hubiera estado allí, hace 44 años, Woodstock para mostrarlos al mundo? Por eso, cada vez que usted vaya a Rock al Parque, vaya mentalizado para encontrarse con las agrupaciones y personas que tiran de las riendas del Metal nacional, exíjalo a los organizadores del evento. No les pida que traigan a Rhapsody of Fire, Megadeth o Dimmu Borgir, no sea iluso, no sea vendido.


Hijos de Abel y de Caín

“Un cuento de la literatura oral del Chocó dice que Dios creó al primer hombre y primera mujer negros. Tuvieron varios hijos, entre ellos Caín y Abel. Ellos eran muy diferentes: Abel generoso y alegre, Caín violento y malhumorado. Por esta razón todo el mundo prefería a Abel. Caín estaba muy celoso de su hermano y en una ocasión decidió asesinarlo de un golpe de quijada de burro. Dios, que todo lo ve, llamó al homicida a rendir cuentas. Caín entonces muy afectado por la vergüenza y temeroso de la ira de Dios, empezó a palidecer y palidecer hasta que se volvió blanco.”

Rogerio Velásquez. Leyendas y cuentos de raza negra