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Sagan: Buenos días, tristeza

Buenos días tristeza

Las diferencias en el modo de vida y costumbres existentes entre las clases sociales han sido históricamente objeto de análisis de parte de varias disciplinas y actores, bien sea para alabarlas, denunciarlas o ridiculizarlas. De entre ellas, es la clase burguesa la que más sonadas apaleadas ha recibido en la literatura, a la cual lo único que se le puede destacar es su gusto por la cultura y las artes, en ocasiones despótico, pero siempre meritorio. De cualquier manera, esto no borra los vejámenes que le han ocasionado a las clases lustradas.

Pero volviendo a las críticas literarias a las clases sociales, es sobresaliente la forma en que Francois Sagan, burguesa francesa de la segunda mitad del siglo XX, ha mostrado las incipientes y melifluas tripas de la burguesía de su época (su propia clase) a través de su novela “Buenos días, tristeza”. En esta historia, que constituye la primer novela de la francófona, se describe un periodo de la vida de una familia de dos personas (padre e hija) y sus amigos. Desde aquí mismo se rompe con la clase proletaria de su tiempo, caracterizada por tener familias numerosas, en las que marido y mujer mantenían su unión marital hasta la muerte, creyendo ciegamente en los votos matrimoniales elevados bajo juramento de palabra ante su dios.

La historia se desenvuelve en un lapso de tiempo vacacional, en playas francesas cuyo nombre no tiene importancia. El padre, un hombre maduro, casanova, despreocupado de la vida, cuya razón se fija únicamente en la estrategia para mantener, culminar y/o renovar su situación amorosa. Nada sustancial, pero feliz. La hija, narradora de la historia, una adolescente casi ajena a la vida académica, sin objetivos claros en su andar, igualmente vacía e igualmente feliz al lado de su padre. Ambos son íntimos amigos, confidentes y comparten un amor grandioso el uno por el otro. Los acompaña una mujer aun joven, prospecto de amor para el respetado acomodado de la historia. Una mujer naturalmente seductora, sonriente, despreocupada, para nada refinada, se podría decir que su intelecto raya con la estupidez, pero su experiencia no la deja bajar hasta ente nivel. Son estas representaciones del perfil burgués de los 60’s, precisos para la historia que se viene encima, hoja tras hoja.

A esta fiesta de la nada etérea, que ya se desarrolla en las costas galas entre tragos, sonrisas y música, se une la plasta intelectual de la Francia de mitad de siglo pasado, interpretada por Ana, una mujer de aspecto sobrio, exuberante, refinada, callada, indiferente e inteligente. Se desata entonces una lucha entre la despreocupación burguesa y el elitismo intelectual, vinculadas por un sentimiento transversal: el amor. Ana gana la atención y el deseo de Raimundo, haciendo que Elsa, la otra “dama” del relato, se vea indignada ante tal desplante y se retire temporalmente. Nuestra narradora, encolerizada, indignada por el desplante de su padre hacia Elsa, enamorada de un recién conocido amor de verano (porque el amor en la burguesía también dura lo que un producto; hasta que ya no se necesite o se ensucie o dañe) y agotada de la superioridad y diferenciada actitud de Ana -que sobresale por su serenidad, reserva, cálculo y razón- inicia una ofensiva debidamente planeada y traicionera contra Ana que permita alejarla de su vida y la de su padre de forma que toda aquella felicidad infundada por la ignorancia vuelva a unirlos como siempre había sido.

Variadas ocasiones la adolescente mente se arrepiente de sus planes al probar la humanidad de Ana, pero otras veces, llena de ira por sus roces, profundiza más el compromiso con la culminación exitosa de su cometido, empresa que a esta altura involucra una relación amorosa fingida entre Cyril y Elsa. Esta preocupación y modo de actuar no podría ser menos burgués, representante del capitalismo abanderado por esta clase social: un ciclo de crisis continuas, cada vez más profundas y que conllevan a un final fatal; Raimundo, todo un casanova, cae en la trampa tendida por su hija: los celos y el orgullo masculino se apropian de sus huesos, impulsándolo a encontrarse con Elsa para demostrar que aun puede competir contra un hombre más joven que él y salir victorioso entre las sábanas. Infortunadamente, en el momento más feliz de nuestra pequeña mente malévola (pronto acabarían las vacaciones, su padre habría satisfecho su deseo burgués de poder fútil, Cyril la esperaría en París para hacerle el amor nuevamente hasta el éxtasis, Elsa estaría feliz de saber que Raimundo la deseaba y una Ana engañada organizaría sus vidas y les daría algún sentido), los ojos de Ana atrapan en medio del bosque la imagen de un beso inesperado entre su amor actual y la ordinaria, pero ahora más bella que nunca, Elsa. No le queda más que huir; toma su vehículo, ante el desesperado intento de la calculadora niña creadora de la escena por lograr su perdón, los ojos llenos de lágrimas, acelerador a fondo y pierde su silueta en el horizonte. horas más tarde, una llamada notifica que la única esperanza de que la vacía vida de esta acomodada y reducida familia cambiara para algo mejor había perdido el control de su vehículo en la curva más peligrosa de la carretera y con ello, la vida misma.

La burguesía, por cuenta de su orgullo, manipulación, avaricia y mediocridad, aplasta nuevamente la idea de un mejor estado social.

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