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Vida de cajero automático

Te levantas, a lo mejor te aseas, vas a tu lugar de trabajo –si es que trabajas– retornas de tu lugar de trabajo, quizá pasas por el hogar de tus padres, hermanos o algún amigo, cenas, ves televisión o haces el amor. Termina tu día. Esta escena se repite día tras día hasta el día de tu paga, momento en el que te mejora el humor y la rutina cambia levemente: a lo mejor se le agrega un viaje. Pero esto es una descripción muy larga é inútil, adornada para rellenar los vacíos (como aquello de ver la televisión). Con mayor brevedad se puede decir que te levantas, gastas dinero, vas al trabajo, gastas dinero, sales del trabajo, gastas dinero, vuelves a casa, gastas dinero, te duermes (sueñas que gastas dinero). Fue una mentira, la descripción fue igual o más larga, pero esta vez se puede aplicar álgebra y obtener un factor común que lo simplifica: gastas dinero*(te levantas + trabajas + vas a casa + duermes). Esta es la reducción de la vida de muchos; se vive para gastar el dinero que se recibe periódicamente como retorno a una labor. Y esto gusta.

Vida de cajero automático

Ahora, echando mano del cada vez más amigo de todos hoy en día, el cajero automático, es posible describir su vida también. ¿Por qué se habría de describir la vida de un cajero? Bueno, se puede describir porque se es un ingeniero electrónico o bien porque, como ya se dijo, el cajero es cada vez más nuestro amigo común y se puede estar interesado en su vida, tan animada, movida, él, ahí, frecuentando tanta gente diferente, ¡qué gran vida social! El señor don Cajero se inicia, libera dinero tras unas pruebas, si todo va bien empieza su trabajo (es decir, pasa a producción), libera dinero, ocasionalmente se pone en modo mantenimiento. Esta es la reducción de la vida de un cajero; se vive para liberar dinero que se recibe periódicamente como objetivo de su labor. La vida del señor don Cajero es muy similar a la nuestra, ¿y por qué no habría de serlo? al fin de cuentas somos amigos; algo debemos tener en común.

A esto se reduce la vida moderna, cimentado en el pensamiento primario de muchas personas: se trabaja para ganar dinero. Esto es un desconocimiento absoluto del valor del trabajo. Quien en la actualidad alardeé de trabajar para ganar dinero se puede decir que no piensa muy diferente a un cajero automático, o dicho de otra forma, su cerebro no dista mucho de la programación de una máquina. Históricamente el trabajo ha sido el motor de la evolución social, es el aporte que cada persona hace a la sociedad que pertenece para que ésta sea estable y su ordenamiento gire entorno al bienestar común y la satisfacción de las necesidades de todos sus constituyentes. El trabajo es además el aportante a la evolución individual de quien lo ejerce, pues permite establecer relaciones sociales que amplían los dialogos cotidianos y nutren la maduración y dinamismo de los modelos mentales de cada persona, de cada trabajador, diálogos que se dan no sólo entre personas, sino entre la persona y el quehacer.

Sin embargo, en el estado actual de cosas, es importante que las personas desconoscan este valor del trabajo y se centren en la retribución económica que él puede generar, lo cual ayuda a evitar que identifiquen la inutilidad de su trabajo de cara a la contribución social, al bien común. Esto es ampliamente conveniente para quienes, ejerciendo el poder que su trabajo les permite, quieren establecer el rumbo social en dirección al bienestar particular; al de ellos, claro está. De esta manera muchos trabajan para uno sólo; es como si una persona tuviera la fuerza de miles de obreros y por lo tanto ganara el salario de miles de obreros, que es lo que en sí ocurre: el magnate gana la retribución laboral de los miles que tiene trabajando para su bien personal, sin que ellos tengan conciencia de ello, y a cambio les entrega lo necesario para que mantengan su subsistencia en el límite posible, de forma que puedan seguir siendo productivos y “El Leviatán” siga funcionando, al ritmo que pasan su tarjeta de crédito aquí y allá, gastan aquí y allá, en parte para subsistir, en otra para devolver al magnate parte de lo que le fue dado. Es así que se configura aquella estructura en la que un gordo rico y bonachón pone a su dispocisión miles de terminales a trabajar en su favor; cajeros automáticos de metal…y cajeros de carne y hueso.

¿Trabajas por convicción o por dinero?


Sobre el ofrecer como un compromiso y el recibir como parásito

Cada uno de los seres senti-pensantes tiene una forma de ver la vida por sí mismo, una manera de afrontarla o de darle sentido, para, por tal camino, poder aferrarse a algo indestructible. Me llama la atención un perspectiva en particular, que les compartiré a continuación. Podría pensar el lector que si me llama la atención dicha forma de plantar pie en la vida es porque la siento así para mi persona misma. Podría no equivocarse, pero mejor piense en usted, no sea criticón.

La vida humana parece dividirse, entre sus muchas otras dicotomías, en dos tipos de actitudes: existen las personas que se concentran en dar y existen aquellas que se concentran en recibir. Esto no quiere decir que una persona sólo da o sólo recibe, simplemente quiero decir que algunas centran sus esfuerzos en dar, pero eventualmente también reciben, y otras los concentran en recibir, pero eventualmente también dan. Es una división entre actor y espectador.

Si bien todo ser societal es actor y espectador a la vez, la balanza de actitudes suele inclinarse hacia alguno de estos dos lados según la personalidad de cada parroquiano. Así, hay quienes dan algo todos los días esperando ansiosamente recibir algo a cambio que luego transformarán en consumo de objetos producidos por otros, es decir, el trabajador que entrega su mano de obra para recibir a cambio una remuneración que empleará en consumo de bienes y servicios. A este tipo de persona no le interesa que aquello que está dando, su trabajo, sea bueno, pues lo importante en su vida es recibir el salario que le permitirá adquirir pendejadas que en realidad no necesita, pero que lo descrestan. Este es un trabajador mediocre, ni siquiera le interesa quién va a usar lo que él está produciendo, ni para qué lo va a utilizar, sólo le interesa su paga a cambio; es, por lo tanto, un ser idiota o “apolítico”, sin duda una persona interesada únicamente por su bien personal, quizá el familiar, el perfecto borrego capitalista.

De otro lado, se puede tipificar a aquellos que dan algo todos los días esperando ansiosamente que quien los recibe obtenga algo más que el objeto o la acción en sí, que reciba además un sentimiento de satisfacción y alegría que motivará a su productor a dar más y a más personas, sin importarle tanto la retribución, generar movimiento en la sociedad que él constituye, movimiento que le permitirá a su vez seguir moviéndose, seguir dando (y, consecuentemente, seguir recibiendo). A esta persona le interesa que aquello que está dando, su trabajo, sea bueno, pues lo importante en su vida es su ser en sí mismo, y como el ser es lo que se hace y no lo que se tiene, la remuneración, en el sentido de objeto facilitador de adquisición de bienes, poco importa. Este es un trabajador notable, al que le interesa quién va a usar lo que él está produciendo, así como el para qué lo va a utilizar; es, por lo tanto, un ser político y decisorio. Sin duda, una persona interesada en el bienestar colectivo, un modelo de Hombre Nuevo.


Desarrollo

Desarrollo

Cultura mutante

Es interesante la forma como una política casi global modifica la cultura de las masas. Y más interesante aun como caemos cual borregos, sin criterio alguno, en esta orgía crónica orquestada por el Mercado. Así como en un contrato, ya que estamos hablando de mercado, vamos a definir las partes y algunos términos:

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  • La política: se refiere, para términos de la presente subyugación, a la facilitación de la movilidad de efectivo con fines de adquisición de inútiles bienes para la existencia indigna del ser humano y programadamente perecederos para el bienestar de los bolsillos de los subyugadores y, de forma autorreferenciada y autopoyética, para el mantenimiento de La política misma. Esta definición puede resumirse, de ahora en adelante, como EL CONSUMISMO.
  • El subyugador: es el agente origen de EL CONSUMISMO hacia las masas (de entre otras políticas). De ahora en adelante EL ARQUITECTO.
  • Masas: Dícese del conjunto no vacío y de irresponsable crecimiento cuadrático constituido por unidades prescindibles y débiles en esencia por sus reducidas relaciones entre sí, que son producto de otras políticas establecidas entre la Masa o subyugado y el subyugador y que son ajenas al presente documento. Es sobre este conjunto, de ahora en adelante LA MASILLA, que se aplica EL CONSUMISMO y por lo tanto se hace merecedor de la categoría de subyugado.
  • Mercado: Se define al mercado, de ahora en adelante EL VERTEDERO, como el entorno en el cual LA MASILLA intercambia bienes con ella misma según las disposiciones o metodologías establecidas por EL ARQUITECTO.

Términos

  1. Contrario a lo dicho por una gama amplia de teóricos, EL VERTEDERO no establece las reglas de juego, sino que este provee los medios para instaurar EL CONSUMISMO (o cualquier otra política que sea pertinente). Es EL ARQUITECTO quien configura estas reglas de juego mientras que EL VERTEDERO es la configuración de las reglas de juego en sí. Es decir, EL ARQUITECTO crea EL VERTEDERO para que en el se mueva LA MASILLA como este primero quiere.
  2. El ARQUITECTO puede modificar EL VERTEDERO cuando lo crea conveniente de forma unilateral sin consultarlo con LA MASILLA.
  3. LA MASILLA debe mantenerse dentro de EL VERTEDERO incondicionalmente. En caso de querer renunciar o revelarse de/contra él, LA MASILLA puede ser oprimida para que se acomode de nuevo en EL VERTEDERO. En caso de no ser exitoso este método LA MASILLA será aislada indefinidamente por EL ARQUITECTO.
  4. El arquitecto por naturaleza no puede ser parte de LA MASILLA u homologarse a tal. Cuando EL ARQUITECTO se vea en problemas (riesgo de volverse parte de LA MASILLA) LA MASILLA está en la obligación de disponer de sus medios de gobierno para salvar a EL ARQUITECTO de la situación que lo pudiera lesionar -económicamente- pues ha sido este quien ha instaurado EL CONSUMISMO en EL VERTEDERO que le permite a LA MASILLA multiplicarse y expandirse, claro está, sólo dentro de EL VERTEDERO de manera que el consumismo se mantenga en el tiempo.
  5. De acuerdo a las formas que tome EL VERTEDERO, LA MASILLA debe cambiar según corresponda para poderse adaptar y evitar obstaculizar otras partes de LA MASILLA so pena de ser oprimido como se define en el tercer término de este documento, así lo definido en EL VERTEDERO no sea culpa de LA MASILLA. Cabe señalar que para mantener entretenido a EL ARQUITECTO este mismo ha dispuesto que EL VERTEDERO cambie constantemente y con ello LA MASILLA tenga que moverse, incluso en direcciones contradictorias. Esta es la naturaleza de EL CONSUMISMO aplicado a EL VERTEDERO.

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Estas condiciones establecidas, es decir, el conjunto conformado por las partes relacionadas según los términos, tiene un efecto colateral que ha sido el elemento motivador de este escrito. A saber, el consumismo y el hecho de cambiar todo continuamente por cosas más modernas que en definitiva son diferentes a las inmediatamente anteriores (nótese la fugacidad de la materia en este sistema y la constancia de la mutación), hace que lo tradicional y consolidado -un ejemplo de ello es el principio ético de la firmeza- pierda fuerza y se vea relevado por la admiración al cambio, a lo nuevo y a la moda.

Esto que es tradicional, lo que se mantiene y repite en el ser y quehacer humano como el eterno retorno de Nietzsche y configurando el peso del ser viéndolo desde M. Kundera, es lo que cristaliza la personalidad del hombre. Sin embargo, por la presencia de las relaciones de mercado establecidas en nuestra economía y cultura, lo tradicional se desvanece, la personalidad nunca nace y el ser de vuelve leve: idolatra las nuevas tendencias sin preguntarse la cantidad de recursos que inútilmente serán depredados para su masificación, se desliga de su ser político y de los problemas tanto coyunturales como estructurales ya que “igual todo cambia”, se despreocupa de la fidelidad y la lealtad ya que “en la variedad (cosas nuevas no probadas) está el placer”, tilda de “mamertos” a quienes llevan una vida tradicional y que los cuestionan por su desmedido e inconsciente modo de vida, mantiene la micro-concentración del capital para poder sostener la mutación constante, impidiendo así la distribución de la riqueza y agudizando la iniquidad.

Aquí hay algo que no he dejado claro: la mutación a la que me refiero es, más estrictamente, una mutación restringida y cíclica. Con esto quiero expresar que aunque nos rendimos a las cosas nuevas, cambiando así la forma de vestir, de comunicarnos, de comer, de desplazarnos. Pero ¡oh, gran falacia!, esto no trasciende al plano del contenido; no somos capaces de cambiar nuestra forma de pensar respecto a las super-estructuras, no cambiamos tampoco los mensajes que comunicamos en medio de esos nuevos y deslumbrantes medios de comunicación. La mutación está limitada a la forma humana y no a su fondo, para que de esta manera el mercado no se vea cuestionado. La mutación es cíclica en cuanto reutiliza lo pasado para presentarlo como nuevo ante las crisis del Capital -que a propósito son también cíclicas.

Es pretencioso querer cambiar esta política de mercado, querer romper el contrato de forma unilateral, sin ningún tipo de organización de quienes se encuentran sometidos a ella, pero es menester mantener la voz de protesta ante esta manipulación elitista, consumir más información que bienes para construir un criterio y una perspectiva sobre el mundo legado que nos ha tocado vivir, buscar convergencias y tomar medidas revolucionarias que cambien este modelo por uno en el que las decisiones sean tomadas en comunidad, es decir, en donde el ejercicio del poder se masifique y la responsabilidad con nuestra historia, nuestro futuro y nuestro entorno actual se incremente en aras de un mundo digno con calidad de vida para cada ciudadano y ciudadana.

Que lo nuevo no nos carcoma los sesos, que no nos bajen del monte con el deslumbrar del espejo.


Vida y capitalismo son antónimos

La era contemporánea en occidente y buena parte de oriente se caracteriza por ser un tiempo rápido, en el que afán es la medida de nuestros pasos, de todos nuestros movimientos. El mundo moderno nos ofrece una amplia cantidad de opciones aparentemente realizables, nos seduce con la posibilidad de tener una vida llena de logros y recuerdos, en todas las áreas y con todas las personas. Ante esta gama de historias futuras, de retos superados, de estatus social, la ambición no sólo llama a la puerta, sino que irrumpe descaradamente en el habitáculo de los deseos humanos y sirve una cena de mentiras en la mesa: “puedes elegir hacer y obtener todo lo que se te ofrece y en efecto alcanzarlo”.

Esto hace que el humano que nos intro-rodea, ese mismo que vive allí afuera y que tenemos aquí dentro, desarrolle su vida con rapidez en busca de la acumulación de capital antes de que no sea posible apilar más, antes de que la fuerza de trabajo, inalienable por cierto, se agote, o bien antes de que la palabra despido sea escuchada como un escupitajo en la cara, si es que se es empleado, o que la enfermedad nos recueste cortésmente en una cama ajena, si es que se tiene EPS, o que la ignorancia de atreva a estancar la profesión, cerrándole el paso al conocimiento, si es que se estudia. Tal acumulación es necesaria porque el sistema así lo requiere, pues es el fin del capitalismo en el marco individual; dinero es la vía para comerse entero ese “exquisito” plato que se nos ha puesto en frente.

Es allí donde la mentira se devela: la mano negra oculta en el entorno en que se vive conspira efectivamente para que las condiciones laborales, sociales y educativas sean lo más inestables posibles (contratos a término definido, por comisiones, por resultados, educación posible sólo mediante créditos bancarios, relaciones amorosas cortas, sexualidad variable, salud inaccesible si no es prepagada), generadoras de temor en medio de esa tranquilidad tan deseada, mostrando con ello la posibilidad del fracaso a la vuelta de la esquina, justo detrás de las posibilidades infinitas iluminadas bajo la luz de la farola en medio de esta larga noche. Este temor no puede desbocar en otra cosa que en más trabajo (o en el suicidio o en la rebelión), más rápido -más dinero para la élite- pues la posibilidad de no realizar las posibilidades está presente; cuánto más rápido se acumule dinero, más pronto se podrán lograr los sueños. ¡Falso ideario!; si el cuerpo no aguanta ese ritmo, entonces ahí sí la enfermedad y el estancamiento gritan presente en la cotidianidad incesante….y el desempleo no se hace esperar ¿quién quiere contratar a una persona enferma o a un pusilánime? Es esta otra de las ya muchas contradicciones del capitalismo: trabajas duro (rápido y por mucho tiempo) para quedarte sin trabajo (rápido y por mucho tiempo).

En esta lógica queda envuelto el ser humano, se ufana de su gloria bajo el estandarte del vivir rápido: hacer muchas cosas de poca importancia. Y las cosas que no son importantes no se recuerdan; si se vive rápido se es superficial, para cuando te des cuenta no habrás hecho nada memorable, sentirás que la vida no ha durado nada. ¿La alternativa? Vivir lentamente, disfrutar lo que se hace y entonces la vida habrá valido la pena. Vivir lentamente es hacer pocas cosas a las que se les dedica todo el tiempo. Son estos actos los que serán recordados al final de la linea, no son todos los posibles de ese exquisito plato servido por la ambición, sino que son algunos pocos, los reales ¿Pero qué canalla consumista dijo que debemos comprar todo lo que se nos ofrece? Se ofrecen muchas cosas sólo para satisfacer las necesidades de todos y todas, no para que cada uno de nosotros las copemos todas.

Vivir lentamente, recordar nuestros actos, pasar sobre la vida evitando que la vida pase sobre nosotros.