Archivo del Autor: kaleemsagard

Tchékhov: Tramposos por obligación

Este relato se separa levemente de otras historias contadas por Tchékhov en el sentido en que es enriquecido con un contenido jocoso. Si bien mantiene la intensidad en la forma de relatar los hechos, una característica que permite mantener secuestrada la atención del lector(a) y que todo buen lector agradece, el escritor condimenta la historia con una serie de actos divertidos y lo remata con uno tan inesperado como justiciero y gracioso.

Esta historia, apropiada para las fiestas de fin de año —justamente en las que es escrita esta reseña— cuenta sobre la cena de una familia y la tragedia de sus asistentes: desean que el reloj marque ya la medianoche para poder degustar de la comida que se cuece en la cocina, pero el tiempo pasa lento. Ante esto, varios de los afectados por el golpe de hambre, y en forma aislada, adelantan a cuenta-gotas el minutero del reloj de la casa para aproximar poco a poco la tan esperada hora. Diádetchkin pregunta constantemente en la cocina si no es posible poner algo de comida en la mesa, para los invitados, pero sólo recibe negativas de parte de Malánia; los invitados deben esperar.

Cuando el cometido de los saboteadores cronológicos está cumplido —el reloj marca las doce— Diádetchkin avisa a Malánia que ya es año nuevo, que puede servir la comida, a lo cual Malacha corre hacia afuera a verificar la hora, siendo cierto que es medianoche. Sin embargo, la comida no está aun lista, por lo tanto ella, en un acto de justicia casi divina, pero en todo caso ciega, decide atrasar el minutero y hacerlos esperar un poco más.

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Salazar: No nacimos pa’ semilla

El sicariato, y todo el contexto que lo envuelve, llamó poderosamente la atención de los habitantes del tercer mundo desde las décadas de los 80’s y 90’s. En Colombia este fenómeno fue especial en la medida que un hombre, venido de abajo, delincuente, humilde, logra convertirse en la persona más poderosa (y peligrosa) del país. Esto contribuyó a que el sicariato se expandiera sin control: muchos querían ser como Pablo Escobar y muchos «escobares» necesitaban de muchachos que se ensuciaran las manos, al tiempo que incrementaban sus ganancias en el mundo del narcotráfico.

Salazar: No nacimos pa' semilla

Toda la dinámica que este fenómeno desencadenó es sumamente compleja de desenredar y, aun más, de explicar. Alonso Salazar opta, no por explicar teóricamente lo que ocurre en este azaroso entorno, sino que ofrece una mirada de primera mano a través de los relatos y testimonios de quienes hacen de la «muerte al menudeo» su diario vivir.

Así las cosas, Salazar expone de primera voz la versión del responsable de apretar el gatillo: el sicario. En su lenguaje natural, descalzurriado, vulgar, propio, narra su vida en el delito, que para él es la única posible y por lo tanto legítima; esquematiza las jerarquías en las pandillas, los territorios del barrio, la corrupción policial, la disciplina sicarial —el honor de la palabra, la seriedad en el «trabajo»—, las emociones vividas antes y después del «traqueteo», pues al fin de cuentas no dejan de ser seres humanos.

Todo el relato puede parecer escalofriante para el lector; con el corazón en la mano se pasa del odio a la aceptación y viceversa. Es un estrecho y bullicioso callejón desconocido para muchos, que genera repulsión y desasosiego, pero válido y común para quienes no conocen otro.

No muy diferentes son las palabras de las madres de los ejecutores. Siempre tratan de sacarlos del camino que les tocó elegir, pero es una pelea perdida. Sólo les queda defenderlos de la muerte y de la cárcel, casi siempre merecida, pero ¿qué más pueden hacer, si son sus hijos, carne de su carne? Por esta misma posición, que quizá solo una madre puede tomar, es que para ellos lo más valioso es su vieja; es por ello que le rezan a La Virgen María y no al Padre, para que los «cruces» les salgan bien. Ellos no conocen de padre verdadero, pero la madre lo es todo.

Todo este escenario se vio acompañado de actos de autodefensa por parte de los habitantes de los barrios azotados por el crimen. algunos con instrucción militar del EPL y el M-19 en sus campañas de organización popular. Pero la corrupción también extendió su brazo sobre estos nacientes grupos y el problema empeoró, formado así un círculo vicioso: nacen bandas delincuenciales, se crean grupos para erradicarlas, esto degenera en nuevas bandas delicuenciales, nuevos grupos de autodefensa, etc.

Una cuarta voz de esta descabellada crónica es la del mediador: aquel que contrata los sicarios. Cuenta cuan sencillo es conseguir muchachos para los trabajos —algunos incluso gratis— la buena cantidad de dinero que se hace trabajando para el narcotráfico, la corrupción de la clase política, la innumerable fila de muertos que ha visto desfilar en Medellín, tanto de arriba como de abajo, de los unos y de los otros. Su conclusión: en este país cada quien se gana la vida como puede.

Por otro lado, la vida en la prisión (Bellavista) no difiere mucho de la vida en la calle: bandas organizadas, delitos por encargo, relaciones de poder. Aquí, la cárcel, no es más que un escalón en el camino del crimen, intenso, sin ley.

Sin embargo, no todo es la ley de la pistola y el perico. Un sacerdote de uno de los barrios olvidados de Medellín ofrece su testimonio de vida en su comunidad. Enfatiza en la importancia de aconsejar a los jóvenes para que lleven una vida alejada del delito: con uno solo que logre convencer, es un alma arrancada de las manos del mal; su trabajo cumplido como párroco. En esta guerra sin cuartel, cualquier ayuda no está de más.

Salazar concluye el libro con una serie de reflexiones emanadas de las crónicas capturadas a lo largo del libro. Recuerda como el accionar del sicariato, impulsado por la locomotora financiera del narcotráfico y las maquinarias políticas, acabó con sueños como el de José Antequera y Carlos Pizarro, entre tantos otros y otras, cambiando para siempre la historia del país. Analiza la coincidencia geográfica entre zonas pobres y los territorios ocupados por la delincuencia, la corrupción de los órganos estatales. Hace, también, un retrato de la cultura paisa a partir de sus frases, historia y convivencia, para luego volver sobre el sicariato y concentrarse en su cultura particular. Finalmente, esboza un posible futuro partiendo de este desolado presente; inversión social y cambios profundos en la institucionalidad colombiana.


Tchékhov: La novia

Hoy, como ayer, las mujeres siguen encontrando obstáculos para alcanzar sus sueños en medio de su independencia y auto-determinación, máxime si estos desbordan las plazas que han sido diseñadas por la cultura machista para que sean ocupadas por ellas: esposas, sirvientas, acompañantes, prostitutas, cuidanderas, madres. Para ellas, hacerse a cualquier lugar fuera de este marco es una odisea: estudiar, gobernar, emprender, rebelarse, todo ello «es de hombres». Tchékhov retrata esta realidad en esta historia, que aunque ahora es menos crítica que en aquel entonces, aun persiste.

Aquí, la novia, es una joven que está próxima a contraer nupcias con un hombre de una familia respetada. Ella, vive con su madre y su abuela paterna, tienen bienes suficientes para su sustento, pero el matrimonio les garantiza su futuro, ya que cada vez los tiempos son más difíciles. Sin embargo, ella tiene una inconformidad en su corazón; siente que no es este el lugar que quiere ocupar, que su destino es otro diferente a ser una esposa y seguir los pasos vacíos de su madre: esposa por siempre con sueños frustrados. Así lo deja entrever cuando su futuro esposo la lleva a conocer los aposentos donde estarán juntos después de su noche de bodas; ella se siente incómoda y abandona el lujoso lugar. No soporta más las noches de visita —todos los días— del novio a su casa, la cena y el licor, las charlas monótonas, la misma música siempre. Su novio le parece una buena persona, pero ya está agotada del designio infortunadamente perenne que se esboza retumbante todos y cada uno de sus días de vida prematrimonial.

Sasha, un querido primo suyo, un hombre con más mundo que cualquiera de los otros miembros de la familia, identifica esta lamentación en Nádia, y llevó hacia la razón esa inconformidad que habitaba su corazón; la motivó a estudiar, insistió en que abandonara todo y se fuera a la ciudad a educarse y conocer todo lo que el mundo tenía para ella. Como bien sabemos, este trabajo de irrupción en la voluntad de una persona no es sencillo, pues es necesario enfrentarse a descomunales fuerzas: la presión social, la tradición, la familia, la resistencia al cambio, el temor, los estereotipos. Por ello se debe persistir, y Sasha, testarudamente, persistió: aprovechando el respeto que Nádia sentía por él, llenó de cucarachas la cabeza de su prima y la convenció de hacerse a su propio destino, la convenció de ser feliz. Nádia dio el paso y no se equivocó. ¿Cómo podría haber sido un paso errado si estaba siguiendo su pasión?


Goyeneche: Érase una vez un quijote sin mancha

Sobre el Quijote se ha escrito mucho, pero no sólo se escribe sobre él, sino que también se escribe a partir de él; es cántaro y fuente a la vez. Goyeneche lo trae aquí a nosotros a través de una satírica y burlesca obra teatral.

Goyeneche: Érase una vez un quijote sin mancha

Viajar es un deseo que se vuelve intenso cuando el lugar donde estamos y las dinámicas que nos envuelven en él nos desbordan. Queremos salir de ahí, sacar nuestro cuerpo de ahí, antes que quien se vaya sea nuestra mente; nos abandone la cordura y nos invada la locura. El protagonista de la historia, un patrón que se autodenominó Don Quijote sin Mancha, no contó con esta suerte: enloqueció primero y quiso viajar después.

¿Su viaje? Cruzar los valles y montañas, ríos y desiertos, para presentarse ante los reyes de estas tierras. Para ello contaba con su fiel escudero Sancho, su peón que le sigue el juego. Al fin de cuentas es su patrón. También contaba con Dulcinea, su amor…amor real del peón, pues es su esposa. Pero en el juego de la demencia de este Quijote, es su amor, debe serlo, de cualquier manera es el patrón

Discuten sobre los detalles; cuáles serán las provisiones, cuáles los medios de transporte, quién la compañía, cuáles las armas. En fin, mucho debate y poca decisión. Todo un Quijote colombiano. Y escribiendo de colombianidades, a lo largo del texto no dejan de rodar sutiles críticas y puyas a la irracional realidad del dichoso país chibcha; sus políticos de circo, sus matones de motosierra, sus ríos de sangre, sus tierras invadidas, sus sueños rotos.

Otros personajes entran y salen de escena, participando de graciosas situaciones creadas por la locura del Quijote, colectivizada por complicidad de sus criados y sorpresa de sus invitados.

En medio de tanto barullo y forcejeo de batallas imaginarias entre este Quijote y los desprevenidos aparecidos en escena, una bala, muy real, acaba con la locura, justo en la humanidad del Quijote, justo como se calla a las que piensan diferente en este país, a los que dicen locuras tan ciertas. Sólo queda el desconcierto, el llanto y el silencio.


Tchékhov: La dama del perrito

Los escritos de Tchékhov suelen tener una gran intensidad emocional que mantienen a los y las lectoras atrapadas entre sus letras, navegando entre la intriga, el amor, el odio, la filosofía. La dama del perrito es un relato más enmarcado en esta grata costumbre del escritor ruso.

En este cuento una mujer casada y un hombre en la misma condición se ven envueltos en una relación clandestina, atípica y apasionada. Esperan que dure mientras frecuentan la misma ciudad y que luego quede en el pasado. Sin embargo, la compenetración llega a tal nivel que el deseo de verse supera este acuerdo. Es este su placer y esta misma su condena: amarse, pero en secreto, huyendo, en la sombra.

Es supremamente cautivador el modo en que Tchékhov logra transmitir los sentimientos de impotencia del amor no realizado a plenitud, al tiempo que enfrenta en una balanza a la moralidad y al amor, a la resignación —de estar presos en un matrimonio, si bien cordial, insatisfactorio— y a la felicidad —de revivir el fuego pasional en el cuerpo de otro, en su voz y en sus modos— en naturales diálogos y escenas. Momentos íntimos del protagonista con sigo mismo y momentos de intimidad entre él y su incipiente amada descubren la dificultad de mantener la relación que sostienen, pero del mismo modo el deseo, furtivamente concertado, de seguir surcando el camino que ya han trazado desprevenidamente.