Fuentes: Diana, la cazadora solitaria


Este es el relato de la incidencia de una mujer desconocida, Diana, en la vida de Carlos Fuentes en un corto periodo de tiempo. ¿Insignificante? tal vez, pero dio mérito a una novela. Y es así puesto que Fuentes necesita dar a entender su incapacidad de amar, contar su dulce tragedia entre las sábanas y las letras.

Fuentes: Diana, la cazadora solitaria

Diana entra en la vida de Fuentes de forma inesperada, como entra cualquier persona que termina marcando cicatrices en nuestra historia. La empatía se va trenzando entre palabra y palabra, en medio del licor y la crítica intelectual, polo opuesto de la literatura narco y popular, de putas, armas y huevonadas, siempre tan atractiva y fascinante como innecesaria. ¿Acaso importa tener una relación marital para entregarse a los brazos y piernas de otra? para Fuentes, no, ¿y para quien sí? Hipócritas. Fue así que se vieron enredados Diana y Carlos, en una nebulosa de sentimientos que se empezaba a expandir, pero que sin duda nunca alcanzó el amor.

En el olvidado desierto del norte de México encuentran ambos el escape perfecto a sus ocultas acciones; un lugar alejado de toda distracción para las letras de Fuentes, lugar del desarrollo del trabajo de Diana en la película que protagonizaba, lugar candente para el vertimiento de las pasiones bajo las negras noches…y las claras mañanas o los sofocantes medios días, no importa la hora, sólo importa el cuerpo desnudo del otro; el espejismo del deseo en medio del desierto haciendo creer que existe un amor que en realidad se difumina. Se diluye lo que se creía ganado, aquello que forjó el eslabón perdido empieza a hacerse ajeno; la cotidianidad da lugar al reiterativo encuentro con la decisión ya tomada y muestra que lo que fue, deja de ser por culpa de haber tomado aquella decisión. Estar juntos hace que Carlos deje de representar para Diana el hombre rebelde y distinto que vio por vez primera, pues ya no le es extraño, ya le conoce todo, ya no aparece y desaparece, sino que está ahí, constantemente, tallando en piedra la relación tácita que presupuestaron eterna.

Es todo esto lo que lleva a Diana a buscar un nuevo rebelde en su vida, a llenar ese espacio que Carlos fue dejando lentamente, sin darse cuenta, pues ¿quién es consciente que hace un segundo estábamos 30km atrás en la órbita de la tierra? Las cosas pasan y el tiempo no da lugar nuestra reacción. Por ello las noches encuentran a Diana con un Pantera Negra que la sumerge de nuevo en aquel mundo de conocimientos e historias desconocidas para ella, a las tres de la madrugada, vía telefónica y en voz baja.

Tras múltiples insinuaciones de la autoridad policial de Santiago, insinuaciones dirigidas hacia la vida de Diana y una posible persecución de parte del FBI, Fuentes decide ir a México a tratar de averiguar cualquier información al respecto con amigos suyos. Al volver, la Diana que encuentra no es la que dejó, o tal vez sí, tal vez era la misma Diana, pero esta vez sin el velo que la ocultaba. Ahora, otro ha tomado el lugar de Fuentes, otro Carlos; Ortiz, un joven de actitud revolucionaria, desaliñado, rudo, sucio, no por revolucionario, sino al revés; revolucionario por su marginalidad. Fue eso mismo lo que amarró a Diana, esa nueva cara de la luna que la impulsaba a caer en la miseria y le daba una oportunidad de luchar por sí misma para levantarse de nuevo, epifanía que tanto necesitaba esta actriz de tercera traicionada por su propio ser. Nada para hacer Fuentes, el muchacho de la plaza te robó el corazón de tu Diana, a ti el culto hombre de las letras. No supiste amar, nunca amaste. Desolé.

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