Poe: No apueste su cabeza al diablo


Corto, visceral y conciso. Es la visión corta, visceral y concisa que este relato puede dejar al lector. Allan Poe aborda la historia describiendo sus dos personajes, siempre desde la perspectiva de uno de ellos, quien hace de narrador. Es desde allí que se describe a un otro rebelde, mal educado, recinto de vicios y precoz.

Poe: No apueste su cabeza al diablo

El narrador hace especial hincapié en el que a su juicio es considerado el peor defecto: su costumbre de poner en juego todas sus afirmaciones a través de una apuesta. Esta práctica avanzó hasta el punto de apostar la validez de todas sus aserciones con el mismo lucifer.

Los dos personajes de la historia exponen personalidades distantes: por un lado la mesura y tradiciones del narrador, si bien se deja llevar por actos amorales pero juveniles, lo muestran como un cordero dentro del camino de la normalidad. Por el otro lado irrumpe el libertino personaje, sin dios ni ley, que es constantemente descrito y reprendido por el narrador, sus concejos, sin embargo, caen en saco roto. Podría aquí redefinirse el viejo refrán “a palabras necias, oídos sordos” a cambio de “palabras a necios, oídos sordos”.

De cualquier manera, la vida arrastra una bolsa de consecuencias que, de ocasión en ocasión, vacía sobre quiénes con sus hechos y palabras han halado de la cuerda que la mantenía cerrada. Esto se ve realizado de las manos del escritor a través de la aparición del diablo mismo, claro está, como el más de los caballeros, a bien de su forma. Así mismo se ve en el desenlace fatal del amigo Dammit, que al apostar su cabeza con el diablo a que podía saltar una especie de ruleta sobre un anónimo río, la perdió, irónica pero brillantemente pensado por Allan Poe, mientras realizaba el salto sobre el cual se ceñía la apuesta. La cabeza se esfumó como el Señor de la Oscuridad y como, más tardíamente, la vida del Sr Dammit.

Ante las críticas de distintos personajes dirigidos hacia Allan Poe por cuenta de su supuesta falta de mensaje moral en sus cuentos, lo cual es relatado, por demás con indignación, por Allan Poe en el prólogo del cuento mismo, este arremete con toda la violencia de su imaginación para no dejar duda: “Toda obra de ficción debe tener una moral… ningún hombre puede sentarse a escribir sin que tenga un designio muy profundo”.

A propósito, trate de apostar su cabeza con el diablo de vez en cuando, a ver si lo libra de este mundo. Perdón Edgar.

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