Poe: El demonio de la perversidad


El demonio de la Perversidad

Dependiendo del vidrio a través del cual se mire, un hombre podría tener variados motivos para llevar su condcuta por un determinado camino. Podrían ser tantos estos pretextos que eventualmente se excluyen grandes conjuntos compuestos por diferentes permutaciones de tales elementos detonantes. Es justamente este reduccionismo el que da paso a su némesis; el perspectivismo, pues es la existencia de cada una de estas limitadas percepciones de la realidad lo que permite la existencia de tantas otras, concatenadas en perspectivas. Empero, un hombre podría no tener motivo alguno para ejecutar las acciones que finalmente lleva a cabo. Esto es solamente otra perspectiva más. Pero hay aun otra más importante que las ya citadas: la del autor de los hechos. Esto lo sabe el relator de este cuento parido por Edgar A. Poe, razón que lo lleva a justificar antes que nada su actuar para revelarlo sólo hasta el final de su narrativa.

Así, el motivo esgrimido por el narrador es ubicado en un estrado exterior a su culpa, pero interior a él mismo: lo denomina el Demonio de la perversidad. Es este ente invisible la fuente de todo acto irracional del ser humano, pero que permite a su víctima mantener razón, atormentándolo a través de la vía de la liquidación total de su voluntad mientras se acerca el fatídico final, punto en el cual le son devueltas sus facultades racionales, ya demasiado tarde para evitar cualquier desenlace.

Es este demonio quien en un trance perverso retarda los actos conscientes del bípedo erecto, por lo menos es este el argumento expuesto por el protagonista para hacer que el lector comprenda su situación.

El narrador cuenta fríamente como este oscuro espíritu la acometida de un asesinato, del cual había desechado unas tantas opciones por ser todas procedimientos evidentemente incriminatorios, policialmente detectables. El ultraje empleado por este demonio para desatar el final aciago es un volúmen de las “Memorias francesas” en el cual se describe un accidente que conlleva a una muerte por cuenta de una vela envenenada.

El narrador, de alguna forma no descrita debido a su impertinencia, logra cambiar el candelabro de su víctima poniendo en él la vela modificada, que sin duda sería utilizada, pues era hábito de la víctima leer en la cama. Al otro día el hombre fue encontrado muerto, como si tal hecho premeditado hubiera sido natural.

Durante años el sentimiento de seguridad acompañó al frío protagonista, pero el Demonio de la perversidad tenía que alejarse en algún momento y dejar libre el alma que apriosionaba, pues esa es su naturaleza. El hecho que como un conjuro expulsó este demonio fue una sencilla frase, nunca antes dicha y sólo hasta ese día debidamente complementada:

Estoy seguro que voy a permanecer a salvo si no cometo la estupidez de confesar mi crimen públicamente

Es allí, cuando el narrador se encuentra de nuevo consigo mismo, que logra liberarse del oscuro espíritu, cuando recupera su voluntad y entonces la necesidad de hacer saber la verdad de lo ocurrido años atrás invade no sólo sus palabras, sino también todo su cuerpo; corre, huye, busca esa mano que le sea tendida para culminar su agonía y ser libre. Finalmente, al haber oidos suficientes para escucharle, de forma calmada lo confiesa todo y su razón vuelve a sí de tal forma que pierde el conocimiento. Un merecido descanso después de tanto luchar contra sí mismo.

Anuncios

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión / Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión / Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión / Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión / Cambiar )

Conectando a %s

A %d blogueros les gusta esto: