Vida y capitalismo son antónimos


La era contemporánea en occidente y buena parte de oriente se caracteriza por ser un tiempo rápido, en el que afán es la medida de nuestros pasos, de todos nuestros movimientos. El mundo moderno nos ofrece una amplia cantidad de opciones aparentemente realizables, nos seduce con la posibilidad de tener una vida llena de logros y recuerdos, en todas las áreas y con todas las personas. Ante esta gama de historias futuras, de retos superados, de estatus social, la ambición no sólo llama a la puerta, sino que irrumpe descaradamente en el habitáculo de los deseos humanos y sirve una cena de mentiras en la mesa: “puedes elegir hacer y obtener todo lo que se te ofrece y en efecto alcanzarlo”.

Esto hace que el humano que nos intro-rodea, ese mismo que vive allí afuera y que tenemos aquí dentro, desarrolle su vida con rapidez en busca de la acumulación de capital antes de que no sea posible apilar más, antes de que la fuerza de trabajo, inalienable por cierto, se agote, o bien antes de que la palabra despido sea escuchada como un escupitajo en la cara, si es que se es empleado, o que la enfermedad nos recueste cortésmente en una cama ajena, si es que se tiene EPS, o que la ignorancia de atreva a estancar la profesión, cerrándole el paso al conocimiento, si es que se estudia. Tal acumulación es necesaria porque el sistema así lo requiere, pues es el fin del capitalismo en el marco individual; dinero es la vía para comerse entero ese “exquisito” plato que se nos ha puesto en frente.

Es allí donde la mentira se devela: la mano negra oculta en el entorno en que se vive conspira efectivamente para que las condiciones laborales, sociales y educativas sean lo más inestables posibles (contratos a término definido, por comisiones, por resultados, educación posible sólo mediante créditos bancarios, relaciones amorosas cortas, sexualidad variable, salud inaccesible si no es prepagada), generadoras de temor en medio de esa tranquilidad tan deseada, mostrando con ello la posibilidad del fracaso a la vuelta de la esquina, justo detrás de las posibilidades infinitas iluminadas bajo la luz de la farola en medio de esta larga noche. Este temor no puede desbocar en otra cosa que en más trabajo (o en el suicidio o en la rebelión), más rápido -más dinero para la élite- pues la posibilidad de no realizar las posibilidades está presente; cuánto más rápido se acumule dinero, más pronto se podrán lograr los sueños. ¡Falso ideario!; si el cuerpo no aguanta ese ritmo, entonces ahí sí la enfermedad y el estancamiento gritan presente en la cotidianidad incesante….y el desempleo no se hace esperar ¿quién quiere contratar a una persona enferma o a un pusilánime? Es esta otra de las ya muchas contradicciones del capitalismo: trabajas duro (rápido y por mucho tiempo) para quedarte sin trabajo (rápido y por mucho tiempo).

En esta lógica queda envuelto el ser humano, se ufana de su gloria bajo el estandarte del vivir rápido: hacer muchas cosas de poca importancia. Y las cosas que no son importantes no se recuerdan; si se vive rápido se es superficial, para cuando te des cuenta no habrás hecho nada memorable, sentirás que la vida no ha durado nada. ¿La alternativa? Vivir lentamente, disfrutar lo que se hace y entonces la vida habrá valido la pena. Vivir lentamente es hacer pocas cosas a las que se les dedica todo el tiempo. Son estos actos los que serán recordados al final de la linea, no son todos los posibles de ese exquisito plato servido por la ambición, sino que son algunos pocos, los reales ¿Pero qué canalla consumista dijo que debemos comprar todo lo que se nos ofrece? Se ofrecen muchas cosas sólo para satisfacer las necesidades de todos y todas, no para que cada uno de nosotros las copemos todas.

Vivir lentamente, recordar nuestros actos, pasar sobre la vida evitando que la vida pase sobre nosotros.

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