Cortázar: La otra orilla

Perder la cabeza es la premisa a seguir para leer los relatos contenidos en este texto de Julio Cortázar. Si se tienen los pies puestos en la tierra no será posible disfrutar cada una de las líneas destiladas por la pluma de este escritor sobre estas hojas. Es necesario tener la mente abierta para saborear toda la fantasía que propone Julio Cortázar en su libro La Otra Orilla y transitar estre sus distintos relatos e inesperados giros narrativos.

Cortázar, La otra orilla

El autor nos expone tres tipos de relatos: cotidianos, oscuros y astronómicos. Todos ellos con un factor común: azarosos desenlaces con giros narrativos inesperados. Esto hace magnífica la lectura, ya que no es posible para el lector anticipar el dictamen final de ninguno de los 13 escritos.

Vampiros, alucinaciones, peleas, brujería, desamor, llamadas telefónicas del más allá, concerjes de estrellas, desdoblamientos, son algunos de los ingredientes de las letras en las páginas de La Otra Orilla; casi todas, historias que no tendrían cabida en nuestro sentido común, contadas a través de una exquisita y envolvente jerga castellana, conjugando de esta forma un punto de encuentro entre el lector y sus subconscientes deseos de aquella fantasía que es ajena a este mundo, pero que parece tan real a través de la palabra. Sin duda, un punto de escape a la saturación mental abonada por la cotidianidad y su actuar constante para moldear nuestros modelos mentales. Aquí, en las páginas de estos cuentos, hay un leve alivio, una fisura, a esta presión diaria. Esto hace tan agradable y envolvente la lectura de este libro.


Fuentes: Diana, la cazadora solitaria

Este es el relato de la incidencia de una mujer desconocida, Diana, en la vida de Carlos Fuentes en un corto periodo de tiempo. ¿Insignificante? tal vez, pero dio mérito a una novela. Y es así puesto que Fuentes necesita dar a entender su incapacidad de amar, contar su dulce tragedia entre las sábanas y las letras.

Fuentes: Diana, la cazadora solitaria

Diana entra en la vida de Fuentes de forma inesperada, como entra cualquier persona que termina marcando cicatrices en nuestra historia. La empatía se va trenzando entre palabra y palabra, en medio del licor y la crítica intelectual, polo opuesto de la literatura narco y popular, de putas, armas y huevonadas, siempre tan atractiva y fascinante como innecesaria. ¿Acaso importa tener una relación marital para entregarse a los brazos y piernas de otra? para Fuentes, no, ¿y para quien sí? Hipócritas. Fue así que se vieron enredados Diana y Carlos, en una nebulosa de sentimientos que se empezaba a expandir, pero que sin duda nunca alcanzó el amor.

En el olvidado desierto del norte de México encuentran ambos el escape perfecto a sus ocultas acciones; un lugar alejado de toda distracción para las letras de Fuentes, lugar del desarrollo del trabajo de Diana en la película que protagonizaba, lugar candente para el vertimiento de las pasiones bajo las negras noches…y las claras mañanas o los sofocantes medios días, no importa la hora, sólo importa el cuerpo desnudo del otro; el espejismo del deseo en medio del desierto haciendo creer que existe un amor que en realidad se difumina. Se diluye lo que se creía ganado, aquello que forjó el eslabón perdido empieza a hacerse ajeno; la cotidianidad da lugar al reiterativo encuentro con la decisión ya tomada y muestra que lo que fue, deja de ser por culpa de haber tomado aquella decisión. Estar juntos hace que Carlos deje de representar para Diana el hombre rebelde y distinto que vio por vez primera, pues ya no le es extraño, ya le conoce todo, ya no aparece y desaparece, sino que está ahí, constantemente, tallando en piedra la relación tácita que presupuestaron eterna.

Es todo esto lo que lleva a Diana a buscar un nuevo rebelde en su vida, a llenar ese espacio que Carlos fue dejando lentamente, sin darse cuenta, pues ¿quién es consciente que hace un segundo estábamos 30km atrás en la órbita de la tierra? Las cosas pasan y el tiempo no da lugar nuestra reacción. Por ello las noches encuentran a Diana con un Pantera Negra que la sumerge de nuevo en aquel mundo de conocimientos e historias desconocidas para ella, a las tres de la madrugada, vía telefónica y en voz baja.

Tras múltiples insinuaciones de la autoridad policial de Santiago, insinuaciones dirigidas hacia la vida de Diana y una posible persecución de parte del FBI, Fuentes decide ir a México a tratar de averiguar cualquier información al respecto con amigos suyos. Al volver, la Diana que encuentra no es la que dejó, o tal vez sí, tal vez era la misma Diana, pero esta vez sin el velo que la ocultaba. Ahora, otro ha tomado el lugar de Fuentes, otro Carlos; Ortiz, un joven de actitud revolucionaria, desaliñado, rudo, sucio, no por revolucionario, sino al revés; revolucionario por su marginalidad. Fue eso mismo lo que amarró a Diana, esa nueva cara de la luna que la impulsaba a caer en la miseria y le daba una oportunidad de luchar por sí misma para levantarse de nuevo, epifanía que tanto necesitaba esta actriz de tercera traicionada por su propio ser. Nada para hacer Fuentes, el muchacho de la plaza te robó el corazón de tu Diana, a ti el culto hombre de las letras. No supiste amar, nunca amaste. Desolé.


Schopenhauer: El arte de escribir

Aquel momento en que una persona se decide por crear un escrito, quizá esperando escribir muchos más o simplemente buscando un fugaz objetivo sólo con éste, “¿cómo escribir debidamente?” es una pregunta que asalta su escritorio. Podrían buscarse luces en el libro de Arthur Schopenhauer, El Arte de escribir, lo cual será una buena decisión, pues lo último con lo que se encontrará cuando se le encare, será un manual. No, este libro es en cambio un diálogo –si se es un escritor, claro, sino se convertirá en un monólogo– entre el lector y Schopenhauer. Esto mismo se configura, en este caso en particular, en una paradoja; ¡Schopenhauer utiliza una buena cantidad de sus líneas para criticar la lectura!

Schopenhauer: El arte de escribir

Schopenhauer hace en este libro un tránsito entre varios temas del universo de la escritura, camino en el cual dirige ácidamente sus críticas hacia Hegel y toda su escuela y partidarios: aborda la erudición y vierte su oposición contra los eruditos, su orgullo y el reforzamiento prácticamente de masa, casi se puede decir que de gremio, respecto a las ideas superficiales y que se convierten en moda gracias a esa ciega referencia de los unos a los otros, dejando en el margen a cualquier forma de pensamiento alternativo diferente al imperante en ese autoenaltecido mundo de los eruditos.

Es de allí que Schopenhauer se desliza hacia el acto de pensar por si mismo, el acto de no seguir fielmente y a ciegas una escuela, sino de buscar la construcción de su propio pensamiento independientemente de los procesos de construcción de ese pensamiento que hayan desarrollado los demás, pues se cae peligrosamente en el riesgo de adherirse a una escuela equivocada y con ello en una forma de vida que poco tiene que ver con nuestro pensamiento radical, entendiendo radical en su sentido estricto: entronado en las raíces. Así, Schopenhauer sugiere alejarse de la escritura y sumergirse, en cambio, en el pensamiento propio, en el debate interno, impidiendo que éste sea permeado por el pensamiento de otros, pues cada quien tiene su propia construcción del mundo. Con la lectura, según Schopenhauer, se corre el riesgo de convertirse en un borrego del pensamiento de otros, una especie de zombi cognitivo.

Resaltada la importancia del pensar por si mismo, el autor aborda la escritura como tema, reconociéndola como el principal medio de expresión del pensamiento: encontrar una persona que lee menos y escribe más es síntoma de se está frente a un pensador y no frente a una marioneta de alguna de las corrientes de moda…a lo mejor, se podría estar frente al proponente de una de esas corrientes.

Afirmada la importancia de la escritura, se caracteriza a los escritores y a los estilos de escritura. Hay escritores que escriben a partir de recuerdos y de textos de otros (mi caso, en esta reseña) los cuales son la gran mayoría de autores. Otros piensan mientras escriben, de manera que van construyendo su texto a medida que lo van haciendo. La cantidad de escritores de este tipo es más reducida que la primera. Por último se tienen aquellos que piensan y luego escriben. Son pocos. Shcopenhauer le da la mayor importancia a estos últimos, pues son los que piensan, mientras que los primeros, por ejemplo, sólo utilizan los pensamientos de otros para producir sus escritos. Una vez más, la importancia de pensar por sí mismo, pero esta vez como pilar de la escritura.

En cuanto al estilo de la escritura Schopenhauer entabla una batalla de artillería pesada contra los escritores de su época. Menosprecia a todos aquellos que escriben por escribir, simplemente por rellenar hojas y hojas de palabras que en la gran mayoría de los casos no tienen ninguna relevancia para la humanidad; textos pagados, textos superficiales, textos descontextualizados y vacíos, incluso mentirosos, cuya función endógena parece ser que sus lectores pierdan el tiempo y, en ocasiones, el pensamiento. También los hay de aquellos que escriben cosas importantes, pero al hacerlo adornan sus argumentos con tantas alhajas que su idea vital se vuelve indescifrable en medio de la verborrea; parece que escribieran para sí mismos y no para ser leídos por un público. Claro, de estos decoradores también los hay simplones, de aquellos que escriben ideas de otros y que las empeoran al agregarle un sin número de adendas embrolladoras. Estos son los más despreciables; dicen lo que otros ya dicen, pero lo dicen peor.

Toda esta escritura tiene un vertedero: los libros. Schopenhauer se lamenta que se produzcan tantos y tantos volúmenes de cosas que no vale la pena leer: ¿cuántos de los millares de libros de hoy estarán muertos en menos de diez años? Pocos son los que trascenderán los tiempos y cada vez serán menos, según Schopenhauer, ante la huida del ejercicio de pensar hacia abismos desconocidos, una pérdida quizá irrecuperable por mucho tiempo. Un buen libro, es aquel que hace detener su lectura para poder pensar y contrastar lo que él dice con lo que el lector conoce; promueve el pensamiento propio.

Por último, el autor clava firmemente en tierra la importancia del lenguaje y deja en claro que la lengua alemana, entre otras (sobretodo la inglesa), ha ido empeorando por cuenta del alejamiento de sus hablantes respecto a las lenguas antiguas, principalmente el latín, cada vez menos practicado en la Alemania de su tiempo, con el beneplácito de los académicos de entonces, generando un daño invaluable en la conservación de la estructura y práctica de las lenguas modernas. En coherencia con esto, Schopenhauer critica la traducción de los textos, reconociendo en este procedimiento una pérdida del alma de la lengua en la que el texto fue escrito originalmente. Una vez más, el lector se siente aludido, si es su caso el de aquella persona que no está leyendo el libro en su lengua original: el alemán.

Es este un libro de lectura obligada para los amantes de la tinta. Más allá del pensamiento de Schopenhauer y su visión del mundo, sea o no esta parte de las simpatías de quien lo lee, es revitalizante leer esta pieza literaria en la que se hace un ejercicio sincero y certero por parte de su autor en lo que se refiere a la tarea de escribir y su importancia para el hombre, no como individuo sino como especie productora de conocimiento, de aquel entonces y cuya vigencia alcanza nuestros días.


Vida de cajero automático

Te levantas, a lo mejor te aseas, vas a tu lugar de trabajo –si es que trabajas– retornas de tu lugar de trabajo, quizá pasas por el hogar de tus padres, hermanos o algún amigo, cenas, ves televisión o haces el amor. Termina tu día. Esta escena se repite día tras día hasta el día de tu paga, momento en el que te mejora el humor y la rutina cambia levemente: a lo mejor se le agrega un viaje. Pero esto es una descripción muy larga é inútil, adornada para rellenar los vacíos (como aquello de ver la televisión). Con mayor brevedad se puede decir que te levantas, gastas dinero, vas al trabajo, gastas dinero, sales del trabajo, gastas dinero, vuelves a casa, gastas dinero, te duermes (sueñas que gastas dinero). Fue una mentira, la descripción fue igual o más larga, pero esta vez se puede aplicar álgebra y obtener un factor común que lo simplifica: gastas dinero*(te levantas + trabajas + vas a casa + duermes). Esta es la reducción de la vida de muchos; se vive para gastar el dinero que se recibe periódicamente como retorno a una labor. Y esto gusta.

Vida de cajero automático

Ahora, echando mano del cada vez más amigo de todos hoy en día, el cajero automático, es posible describir su vida también. ¿Por qué se habría de describir la vida de un cajero? Bueno, se puede describir porque se es un ingeniero electrónico o bien porque, como ya se dijo, el cajero es cada vez más nuestro amigo común y se puede estar interesado en su vida, tan animada, movida, él, ahí, frecuentando tanta gente diferente, ¡qué gran vida social! El señor don Cajero se inicia, libera dinero tras unas pruebas, si todo va bien empieza su trabajo (es decir, pasa a producción), libera dinero, ocasionalmente se pone en modo mantenimiento. Esta es la reducción de la vida de un cajero; se vive para liberar dinero que se recibe periódicamente como objetivo de su labor. La vida del señor don Cajero es muy similar a la nuestra, ¿y por qué no habría de serlo? al fin de cuentas somos amigos; algo debemos tener en común.

A esto se reduce la vida moderna, cimentado en el pensamiento primario de muchas personas: se trabaja para ganar dinero. Esto es un desconocimiento absoluto del valor del trabajo. Quien en la actualidad alardeé de trabajar para ganar dinero se puede decir que no piensa muy diferente a un cajero automático, o dicho de otra forma, su cerebro no dista mucho de la programación de una máquina. Históricamente el trabajo ha sido el motor de la evolución social, es el aporte que cada persona hace a la sociedad que pertenece para que ésta sea estable y su ordenamiento gire entorno al bienestar común y la satisfacción de las necesidades de todos sus constituyentes. El trabajo es además el aportante a la evolución individual de quien lo ejerce, pues permite establecer relaciones sociales que amplían los dialogos cotidianos y nutren la maduración y dinamismo de los modelos mentales de cada persona, de cada trabajador, diálogos que se dan no sólo entre personas, sino entre la persona y el quehacer.

Sin embargo, en el estado actual de cosas, es importante que las personas desconoscan este valor del trabajo y se centren en la retribución económica que él puede generar, lo cual ayuda a evitar que identifiquen la inutilidad de su trabajo de cara a la contribución social, al bien común. Esto es ampliamente conveniente para quienes, ejerciendo el poder que su trabajo les permite, quieren establecer el rumbo social en dirección al bienestar particular; al de ellos, claro está. De esta manera muchos trabajan para uno sólo; es como si una persona tuviera la fuerza de miles de obreros y por lo tanto ganara el salario de miles de obreros, que es lo que en sí ocurre: el magnate gana la retribución laboral de los miles que tiene trabajando para su bien personal, sin que ellos tengan conciencia de ello, y a cambio les entrega lo necesario para que mantengan su subsistencia en el límite posible, de forma que puedan seguir siendo productivos y “El Leviatán” siga funcionando, al ritmo que pasan su tarjeta de crédito aquí y allá, gastan aquí y allá, en parte para subsistir, en otra para devolver al magnate parte de lo que le fue dado. Es así que se configura aquella estructura en la que un gordo rico y bonachón pone a su dispocisión miles de terminales a trabajar en su favor; cajeros automáticos de metal…y cajeros de carne y hueso.

¿Trabajas por convicción o por dinero?


Poe: No apueste su cabeza al diablo

Corto, visceral y conciso. Es la visión corta, visceral y concisa que este relato puede dejar al lector. Allan Poe aborda la historia describiendo sus dos personajes, siempre desde la perspectiva de uno de ellos, quien hace de narrador. Es desde allí que se describe a un otro rebelde, mal educado, recinto de vicios y precoz.

Poe: No apueste su cabeza al diablo

El narrador hace especial hincapié en el que a su juicio es considerado el peor defecto: su costumbre de poner en juego todas sus afirmaciones a través de una apuesta. Esta práctica avanzó hasta el punto de apostar la validez de todas sus aserciones con el mismo lucifer.

Los dos personajes de la historia exponen personalidades distantes: por un lado la mesura y tradiciones del narrador, si bien se deja llevar por actos amorales pero juveniles, lo muestran como un cordero dentro del camino de la normalidad. Por el otro lado irrumpe el libertino personaje, sin dios ni ley, que es constantemente descrito y reprendido por el narrador, sus concejos, sin embargo, caen en saco roto. Podría aquí redefinirse el viejo refrán “a palabras necias, oídos sordos” a cambio de “palabras a necios, oídos sordos”.

De cualquier manera, la vida arrastra una bolsa de consecuencias que, de ocasión en ocasión, vacía sobre quiénes con sus hechos y palabras han halado de la cuerda que la mantenía cerrada. Esto se ve realizado de las manos del escritor a través de la aparición del diablo mismo, claro está, como el más de los caballeros, a bien de su forma. Así mismo se ve en el desenlace fatal del amigo Dammit, que al apostar su cabeza con el diablo a que podía saltar una especie de ruleta sobre un anónimo río, la perdió, irónica pero brillantemente pensado por Allan Poe, mientras realizaba el salto sobre el cual se ceñía la apuesta. La cabeza se esfumó como el Señor de la Oscuridad y como, más tardíamente, la vida del Sr Dammit.

Ante las críticas de distintos personajes dirigidos hacia Allan Poe por cuenta de su supuesta falta de mensaje moral en sus cuentos, lo cual es relatado, por demás con indignación, por Allan Poe en el prólogo del cuento mismo, este arremete con toda la violencia de su imaginación para no dejar duda: “Toda obra de ficción debe tener una moral… ningún hombre puede sentarse a escribir sin que tenga un designio muy profundo”.

A propósito, trate de apostar su cabeza con el diablo de vez en cuando, a ver si lo libra de este mundo. Perdón Edgar.