Schopenhauer: El arte de escribir

Aquel momento en que una persona se decide por crear un escrito, quizá esperando escribir muchos más o simplemente buscando un fugaz objetivo sólo con éste, “¿cómo escribir debidamente?” es una pregunta que asalta su escritorio. Podrían buscarse luces en el libro de Arthur Schopenhauer, El Arte de escribir, lo cual será una buena decisión, pues lo último con lo que se encontrará cuando se le encare, será un manual. No, este libro es en cambio un diálogo –si se es un escritor, claro, sino se convertirá en un monólogo– entre el lector y Schopenhauer. Esto mismo se configura, en este caso en particular, en una paradoja; ¡Schopenhauer utiliza una buena cantidad de sus líneas para criticar la lectura!

Schopenhauer: El arte de escribir

Schopenhauer hace en este libro un tránsito entre varios temas del universo de la escritura, camino en el cual dirige ácidamente sus críticas hacia Hegel y toda su escuela y partidarios: aborda la erudición y vierte su oposición contra los eruditos, su orgullo y el reforzamiento prácticamente de masa, casi se puede decir que de gremio, respecto a las ideas superficiales y que se convierten en moda gracias a esa ciega referencia de los unos a los otros, dejando en el margen a cualquier forma de pensamiento alternativo diferente al imperante en ese autoenaltecido mundo de los eruditos.

Es de allí que Schopenhauer se desliza hacia el acto de pensar por si mismo, el acto de no seguir fielmente y a ciegas una escuela, sino de buscar la construcción de su propio pensamiento independientemente de los procesos de construcción de ese pensamiento que hayan desarrollado los demás, pues se cae peligrosamente en el riesgo de adherirse a una escuela equivocada y con ello en una forma de vida que poco tiene que ver con nuestro pensamiento radical, entendiendo radical en su sentido estricto: entronado en las raíces. Así, Schopenhauer sugiere alejarse de la escritura y sumergirse, en cambio, en el pensamiento propio, en el debate interno, impidiendo que éste sea permeado por el pensamiento de otros, pues cada quien tiene su propia construcción del mundo. Con la lectura, según Schopenhauer, se corre el riesgo de convertirse en un borrego del pensamiento de otros, una especie de zombi cognitivo.

Resaltada la importancia del pensar por si mismo, el autor aborda la escritura como tema, reconociéndola como el principal medio de expresión del pensamiento: encontrar una persona que lee menos y escribe más es síntoma de se está frente a un pensador y no frente a una marioneta de alguna de las corrientes de moda…a lo mejor, se podría estar frente al proponente de una de esas corrientes.

Afirmada la importancia de la escritura, se caracteriza a los escritores y a los estilos de escritura. Hay escritores que escriben a partir de recuerdos y de textos de otros (mi caso, en esta reseña) los cuales son la gran mayoría de autores. Otros piensan mientras escriben, de manera que van construyendo su texto a medida que lo van haciendo. La cantidad de escritores de este tipo es más reducida que la primera. Por último se tienen aquellos que piensan y luego escriben. Son pocos. Shcopenhauer le da la mayor importancia a estos últimos, pues son los que piensan, mientras que los primeros, por ejemplo, sólo utilizan los pensamientos de otros para producir sus escritos. Una vez más, la importancia de pensar por sí mismo, pero esta vez como pilar de la escritura.

En cuanto al estilo de la escritura Schopenhauer entabla una batalla de artillería pesada contra los escritores de su época. Menosprecia a todos aquellos que escriben por escribir, simplemente por rellenar hojas y hojas de palabras que en la gran mayoría de los casos no tienen ninguna relevancia para la humanidad; textos pagados, textos superficiales, textos descontextualizados y vacíos, incluso mentirosos, cuya función endógena parece ser que sus lectores pierdan el tiempo y, en ocasiones, el pensamiento. También los hay de aquellos que escriben cosas importantes, pero al hacerlo adornan sus argumentos con tantas alhajas que su idea vital se vuelve indescifrable en medio de la verborrea; parece que escribieran para sí mismos y no para ser leídos por un público. Claro, de estos decoradores también los hay simplones, de aquellos que escriben ideas de otros y que las empeoran al agregarle un sin número de adendas embrolladoras. Estos son los más despreciables; dicen lo que otros ya dicen, pero lo dicen peor.

Toda esta escritura tiene un vertedero: los libros. Schopenhauer se lamenta que se produzcan tantos y tantos volúmenes de cosas que no vale la pena leer: ¿cuántos de los millares de libros de hoy estarán muertos en menos de diez años? Pocos son los que trascenderán los tiempos y cada vez serán menos, según Schopenhauer, ante la huida del ejercicio de pensar hacia abismos desconocidos, una pérdida quizá irrecuperable por mucho tiempo. Un buen libro, es aquel que hace detener su lectura para poder pensar y contrastar lo que él dice con lo que el lector conoce; promueve el pensamiento propio.

Por último, el autor clava firmemente en tierra la importancia del lenguaje y deja en claro que la lengua alemana, entre otras (sobretodo la inglesa), ha ido empeorando por cuenta del alejamiento de sus hablantes respecto a las lenguas antiguas, principalmente el latín, cada vez menos practicado en la Alemania de su tiempo, con el beneplácito de los académicos de entonces, generando un daño invaluable en la conservación de la estructura y práctica de las lenguas modernas. En coherencia con esto, Schopenhauer critica la traducción de los textos, reconociendo en este procedimiento una pérdida del alma de la lengua en la que el texto fue escrito originalmente. Una vez más, el lector se siente aludido, si es su caso el de aquella persona que no está leyendo el libro en su lengua original: el alemán.

Es este un libro de lectura obligada para los amantes de la tinta. Más allá del pensamiento de Schopenhauer y su visión del mundo, sea o no esta parte de las simpatías de quien lo lee, es revitalizante leer esta pieza literaria en la que se hace un ejercicio sincero y certero por parte de su autor en lo que se refiere a la tarea de escribir y su importancia para el hombre, no como individuo sino como especie productora de conocimiento, de aquel entonces y cuya vigencia alcanza nuestros días.


Vida de cajero automático

Te levantas, a lo mejor te aseas, vas a tu lugar de trabajo –si es que trabajas– retornas de tu lugar de trabajo, quizá pasas por el hogar de tus padres, hermanos o algún amigo, cenas, ves televisión o haces el amor. Termina tu día. Esta escena se repite día tras día hasta el día de tu paga, momento en el que te mejora el humor y la rutina cambia levemente: a lo mejor se le agrega un viaje. Pero esto es una descripción muy larga é inútil, adornada para rellenar los vacíos (como aquello de ver la televisión). Con mayor brevedad se puede decir que te levantas, gastas dinero, vas al trabajo, gastas dinero, sales del trabajo, gastas dinero, vuelves a casa, gastas dinero, te duermes (sueñas que gastas dinero). Fue una mentira, la descripción fue igual o más larga, pero esta vez se puede aplicar álgebra y obtener un factor común que lo simplifica: gastas dinero*(te levantas + trabajas + vas a casa + duermes). Esta es la reducción de la vida de muchos; se vive para gastar el dinero que se recibe periódicamente como retorno a una labor. Y esto gusta.

Vida de cajero automático

Ahora, echando mano del cada vez más amigo de todos hoy en día, el cajero automático, es posible describir su vida también. ¿Por qué se habría de describir la vida de un cajero? Bueno, se puede describir porque se es un ingeniero electrónico o bien porque, como ya se dijo, el cajero es cada vez más nuestro amigo común y se puede estar interesado en su vida, tan animada, movida, él, ahí, frecuentando tanta gente diferente, ¡qué gran vida social! El señor don Cajero se inicia, libera dinero tras unas pruebas, si todo va bien empieza su trabajo (es decir, pasa a producción), libera dinero, ocasionalmente se pone en modo mantenimiento. Esta es la reducción de la vida de un cajero; se vive para liberar dinero que se recibe periódicamente como objetivo de su labor. La vida del señor don Cajero es muy similar a la nuestra, ¿y por qué no habría de serlo? al fin de cuentas somos amigos; algo debemos tener en común.

A esto se reduce la vida moderna, cimentado en el pensamiento primario de muchas personas: se trabaja para ganar dinero. Esto es un desconocimiento absoluto del valor del trabajo. Quien en la actualidad alardeé de trabajar para ganar dinero se puede decir que no piensa muy diferente a un cajero automático, o dicho de otra forma, su cerebro no dista mucho de la programación de una máquina. Históricamente el trabajo ha sido el motor de la evolución social, es el aporte que cada persona hace a la sociedad que pertenece para que ésta sea estable y su ordenamiento gire entorno al bienestar común y la satisfacción de las necesidades de todos sus constituyentes. El trabajo es además el aportante a la evolución individual de quien lo ejerce, pues permite establecer relaciones sociales que amplían los dialogos cotidianos y nutren la maduración y dinamismo de los modelos mentales de cada persona, de cada trabajador, diálogos que se dan no sólo entre personas, sino entre la persona y el quehacer.

Sin embargo, en el estado actual de cosas, es importante que las personas desconoscan este valor del trabajo y se centren en la retribución económica que él puede generar, lo cual ayuda a evitar que identifiquen la inutilidad de su trabajo de cara a la contribución social, al bien común. Esto es ampliamente conveniente para quienes, ejerciendo el poder que su trabajo les permite, quieren establecer el rumbo social en dirección al bienestar particular; al de ellos, claro está. De esta manera muchos trabajan para uno sólo; es como si una persona tuviera la fuerza de miles de obreros y por lo tanto ganara el salario de miles de obreros, que es lo que en sí ocurre: el magnate gana la retribución laboral de los miles que tiene trabajando para su bien personal, sin que ellos tengan conciencia de ello, y a cambio les entrega lo necesario para que mantengan su subsistencia en el límite posible, de forma que puedan seguir siendo productivos y “El Leviatán” siga funcionando, al ritmo que pasan su tarjeta de crédito aquí y allá, gastan aquí y allá, en parte para subsistir, en otra para devolver al magnate parte de lo que le fue dado. Es así que se configura aquella estructura en la que un gordo rico y bonachón pone a su dispocisión miles de terminales a trabajar en su favor; cajeros automáticos de metal…y cajeros de carne y hueso.

¿Trabajas por convicción o por dinero?


Poe: No apueste su cabeza al diablo

Corto, visceral y conciso. Es la visión corta, visceral y concisa que este relato puede dejar al lector. Allan Poe aborda la historia describiendo sus dos personajes, siempre desde la perspectiva de uno de ellos, quien hace de narrador. Es desde allí que se describe a un otro rebelde, mal educado, recinto de vicios y precoz.

Poe: No apueste su cabeza al diablo

El narrador hace especial hincapié en el que a su juicio es considerado el peor defecto: su costumbre de poner en juego todas sus afirmaciones a través de una apuesta. Esta práctica avanzó hasta el punto de apostar la validez de todas sus aserciones con el mismo lucifer.

Los dos personajes de la historia exponen personalidades distantes: por un lado la mesura y tradiciones del narrador, si bien se deja llevar por actos amorales pero juveniles, lo muestran como un cordero dentro del camino de la normalidad. Por el otro lado irrumpe el libertino personaje, sin dios ni ley, que es constantemente descrito y reprendido por el narrador, sus concejos, sin embargo, caen en saco roto. Podría aquí redefinirse el viejo refrán “a palabras necias, oídos sordos” a cambio de “palabras a necios, oídos sordos”.

De cualquier manera, la vida arrastra una bolsa de consecuencias que, de ocasión en ocasión, vacía sobre quiénes con sus hechos y palabras han halado de la cuerda que la mantenía cerrada. Esto se ve realizado de las manos del escritor a través de la aparición del diablo mismo, claro está, como el más de los caballeros, a bien de su forma. Así mismo se ve en el desenlace fatal del amigo Dammit, que al apostar su cabeza con el diablo a que podía saltar una especie de ruleta sobre un anónimo río, la perdió, irónica pero brillantemente pensado por Allan Poe, mientras realizaba el salto sobre el cual se ceñía la apuesta. La cabeza se esfumó como el Señor de la Oscuridad y como, más tardíamente, la vida del Sr Dammit.

Ante las críticas de distintos personajes dirigidos hacia Allan Poe por cuenta de su supuesta falta de mensaje moral en sus cuentos, lo cual es relatado, por demás con indignación, por Allan Poe en el prólogo del cuento mismo, este arremete con toda la violencia de su imaginación para no dejar duda: “Toda obra de ficción debe tener una moral… ningún hombre puede sentarse a escribir sin que tenga un designio muy profundo”.

A propósito, trate de apostar su cabeza con el diablo de vez en cuando, a ver si lo libra de este mundo. Perdón Edgar.


Inconsciencia en masa: criando cuervos

Inconsistencia en masa: criando cuervos

Uno de los problemas sociales que más aquejan a la paranoica sociedad moderna es la (in)seguridad. Surgen quejas en un gran número de sociedades complejas sobre casos de robos, atracos, secuestros y raponeos, con un porcentaje de ellos conllevando también la muerte. La vox populi se ve advocada al clamamiento de fuerza policial en todos los rincones de sus calles y moradas. Esto es como mandar matar el hijo feo.

El desinterés social por la calidad en la educación, tanto a nivel escolar como familiar y comunitario, no es un saco roto; tiene consecuencias. Cada vez que a la sociedad se le olvida inculcar en uno de sus futuros ciudadanos (y actores sociales) el valor del trabajo, está abriendo la puerta a una serie de robos a futuro; si una persona no entiende la importancia del trabajo y su valor, no será capaz de identificar que al robar no está generando un producto de utilidad social, no está produciendo una ganancia en el bienestar común, no está rompiendo las barreras sociales impuestas por aquellos que sí producen, en gran masa, a su favor. Con el hurto sólo está empleando su fuerza de trabajo (porque trepar un muro, o correr para no ser alcanzado o planear un secuentro requiere de trabajo) en traspasar un bien de una persona a otra, sin valor agregado alguno.

Cada vez que a la sociedad se le olvida inculcar en uno de sus futuros ciudadanos el valor del otro, está abriendo la puerta a una serie de muertes en el futuro; si una persona no entiende la importancia del otro que habita con él en el mismo espacio, puede cegar la vida de ese otro sólo por obtener su (devaluado) celular o para evitar, por celos, que esa persona esté con otra. Con esta devaluación de la vida está no sólo inyectando depresión social –en la familia que enluta, en la sociedad que preocupa– sino que además erradica la fuerza laboral de una persona honesta que con su trabajo posiblemente contribuía a la evolución del escenario social.

Sin embargo, la vox populi le teme a estos hijos que ha creado por virar su atención al entretenimiento en la televisión, en el internet, entre la falda de la(s) vecina(s) o en el pelo del pecho del vencino. Les teme tanto y los quiere tan poco que prefiere, antes que darles la educación que finalmente no fueron capaces de darle a su debido tiempo, enviarles la fuerza armada necesaria para borrar de la conciencia colectiva la culpa de la involución y traer con ello de nuevo el regocijo de las hipocresías y la paz en los hogares, allí en la sala, frente al individualizador aparato luminiso. La sociedad no es capaz de identificar que el precio de la tranquilidad en su encierro individual llamado hogar, es el conflictivo deterioro colectivo en aquel exterior común, llamado calle.

* Quiero realizar una observación: si bien el título del artículo hace alusión al proverbio “cria cuervos y te sacarán los ojos”, éste es empleado aquí únicamente como referencia a este imaginario social y no como calificativo peyorativo directo, pues en realidad estas aves son muy sociales e inteligentes.


Hernàndez: Software Libre: técnicamente viable, económicamente sostenible y socialmente justo

Software libre: técnicamente viable, económicamente sostenible y socialmente justo
© openlibra.com

Aun en el 2014 existe mucha especulación sobre el Software Libre en general, regularmente por desconocimiento de los ciudadanos sobre él, desconocimiento que bien puede deberse al desinterés en temás tecnológicos por parte de ciudadanos idiotamente cómodos o de aquellos abarrotados por la enajenante explotación productiva, a la existencia de intrincados sistemas de difamación sobre él por ser un modelo alternativo a modelos poderosos y tradicionales o bien por la complejidad tecnológica de su nacimiento. Esta situación llevó a Jordi Mas I Hernàndez, entre seguramente muchos otros casos, a escribir un libro sobre el tema para limpiar de polvo el ambiente.

El libro de Hernàndez recoge varias aristas del Software Libre, desde su historia, pasando por sus creaciones más memorables, sus mitos, su jurisprudencia, sus modelos de negocio, hasta su aplicación en los sistemas públicos de diferentes regiones mundiales. Esto lo hace interesante, puesto que aunque es un libro escrito por un programador, esto no hace que el libro se limite a explicaciones técnicas, sino que desborda esto y avanza hacia una visión integral del Software Libre que envuelve al lector y da solución a un buen número de sus dudas a través de la exposición de conceptos y una amplia casuística.

Como valor agregado al desarrollo de este contenido, el hecho de que el libro haya sido publicado bajo una licencia copyleft, más específicamente una Creative Commons BY-NC 2.0, es una intención que se sube al barco de la distribución del conocimiento para generación de conocimiento. Esto es naturalmente coherente con el contenido del libro y empuja hacia lo que debe ser natural en el conocimiento humano; su dispersión entre y hacia la mayor cantidad de, sino todas, las mentes senti-pensantes. En últimas ¿qué sería del conocimiento si perece en la mente de un egoísta? Nada más que oportunidades invisibles.

Ahora bien, aunque el libro se lleva un buen concepto en tanto erradicador de cortinas de humo en torno al Software Libre, el autor nos queda debiendo un tratamiento más amplio de la dimensión social, aquella misma que puede ser abordada por el Software Libre en aras de la mejora de la calidad de vida de los ciudadanos a través de su empoderamiento sobre la tecnología y de su apertura hacia la mentalidad hacker, llevada a todos los aspectos de su vida de forma que la creatividad horade los sistemas constituidos y anacrónicos que imperan en la cultura y educación modernas.

Este ejemplar hace parte de un buen número de literatura que comprende el amplio universo de la Cultura y el Software Libre, situación que debe ser reforzada con el debate de tal literatura y con la producción de nuevas publicaciones del mismo talante que vayan poniendo al día el conocimiento que se ha construído colectivamente.


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